La burbuja inmobiliaria dejó hipotecada hasta la asfixia a toda una generación que ahora ronda los 40, explotó y salpicó incluso a los padres que avalaron el derecho a la vivienda de sus hijos. No han pasado ni diez años, algunos ni se han recuperado y el precio de los pisos se dispara a misma velocidad que en 2007, justo antes de la crisis. No aprendemos, no.