No me digáis que no resulta encantador el último fenómeno procedente de Silicon Valley. En la meca de la tecnología, las redes y el novamás, los tecnófilos se están volviendo tecnófobos. El último en confesar que no permite a sus sobrinos –no tiene hijos– usar las redes sociales ha sido Tim Cook, el presidente de Apple, o sea, el profeta del dios tecnológico en tierra de mortales. Ya Steve Jobs defendió las bondades de mantener a los niños a distancia de las pantallas, como hacen también Bill Gates, emperador de Microsoft, o Evan Williams, que primero fundó Twitter y luego les ha dicho a sus hijos que no se acerquen.

Solo falta que una compañía telefónica nos invite a repudiar el móvil... Ah, no, que lo acaba de hacer Orange. Nos advierte contra su uso excesivo en una campaña publicitaria que recuerda a la leyenda de las botellas de ginebra: disfruta de un consumo responsable. No puedo ocultar mi satisfacción ante esta tendencia. Primero porque –desde la cirugía estética en adelante– nada de lo que sucede en California se queda en California. Llegará. Pero sobre todo, lo admito, mi alegría es cutre y vengativa: por decir cosas parecidas a las de estos gurús tecnológicos, no hace mucho te llamaban tecnófoba. Ahora al menos te escuchan.

En cierta ocasión me invitaron a dar una charla sobre redes sociales y política con personas ilustres como, entre otras, Cristina Cifuentes, a la sazón todavía diputada autonómica. Hará de esto unos ocho años, o sea, el pleistoceno de las redes. Yo aún creía que una charla consistía en charlar. Recuerdo aquel momento como la pérdida de la inocencia. Las ponentes sentadas cara al público tuiteaban de forma displicente mientras algún desavisado osaba hacerles una pregunta solo porque las tenía delante: ¡a quién se le ocurre! Lo cool era esa multitarea ensalzada como la esencia de la condición humana. Si tu vida real era una insoportable distracción de tu actividad en redes, molabas. Si seguías mirando a los ojos al hablar, estabas para la chatarra.

En estos años, hemos constatado empíricamente los perjuicios que causan las redes. Uno de los estudios que más me gusta estableció que cuanto más tiempo pasas en Facebook más aislado e infeliz te sientes. ¿No es paradójico? Las redes, que nos conectan a todo el mundo, aumentan la soledad. Esto influye de forma decisiva en nuestra infelicidad, porque somos seres sociales. Nuestras necesidades se resumen en las tres ces: casa, comida, compañía. Pero las pantallas no nos proporcionan una conexión auténtica: no hay empatía si no miras cara a cara, si no te zambulles en el riesgo de una conversación real. Y bien mirado, ¿qué son las relaciones si no las conversaciones que mantenemos a lo largo de la vida?