Los resultados del 26 de mayo anticiparon que el PP tenía muchas posibilidades de conservar las instituciones de Madrid, ayuntamiento y comunidad, la joya de la corona política, el gran escaparate donde contraprogramar al Gobierno Sánchez. El pacto entre PP, Cs y Vox ha llevado su tiempo, pero estaba claro desde el principio que el partido de Abascal no podía permitirse que el PSOE de Ángel Gabilondo, la primera fuerza electoral, acabara con lustros de gobierno de derecha. De hecho, el documento enviado por Vox es lo suficientemente genérico y está lo bastante descafeinado como para que haya sido aceptado por el líder de Ciudadanos, Ignacio Aguado.

El pragmatismo ha desbloqueado también otro de los últimos gobiernos autonómicos pendientes, el de Aragón, donde el socialista Javier Lambán ha dado sopas con honda a su jefe Pedro Sánchez: ha pactado gobierno y consejerías con los aragonesistas moderados del PAR, con los nacionalistas de izquierdas de CHA y con Podemos… y será apoyado desde fuera, es decir, a la portuguesa, por Izquierda Unida.

Muchas más aristas, y bastante preocupantes, presenta el pacto a la navarra: la abstención de Bildu hará posible que gobierne la socialista María Chivite. Cualquier paso en falso del socialismo navarro puede dar impulso a un desafío independentista ya más que latente.

El pacto navarro cierra la puerta a cualquier posibilidad de que PP y Ciudadanos se abstengan para facilitar la investidura de Pedro Sánchez en septiembre. El acuerdo de Madrid es también argumento preelectoral. Isabel Díaz Ayuso anuncia libertad y bajada de impuestos y el PSOE augura privatizaciones y retrocesos. 

El presidente en funciones ha abierto -si es que alguna vez se había cerrado- la precampaña. Sus reuniones con colectivos progresistas para que pidan a Podemos un apoyo sin condiciones parecen mirar más a noviembre que a septiembre. Los jugadores toman posiciones para la gran partida nacional.