Sandro Rosell y Joan Besolí, su socio, tuvieron que compartir una celda de 10 metros cuadrados, con un solo baño, durante 21 meses. Hasta 30 veces solicitaron sus abogados que cesase la prisión preventiva, sin ser atendidas sus peticiones. A Joan Besolí no le dejaron salir de la cárcel ni para ir a ver a su hijo Genis, que quedó parapléjico tras un desgraciado accidente hípico. De repente, te alegra y te revuelve el estómago la noticia. “Sandro Rosell, absuelto”. Es imposible compensar el dolor de esos padres, de sus cónyuges, de sus hijos. ¿Quién paga las lágrimas en prisión, las noches en vela, la incomprensión, la soledad? Supongo que recibirán las indemnizaciones preceptivas, pero es imposible no estremecerse ante semejante aberración.