Lo de Justin Bieber es como el brexit o como lo de la independencia de Cataluña: o estás a favor o totalmente en contra. Ha pasado mucho tiempo desde que un preadolescente canadiense nos conquistó con eso de "Baby, baby, baby oh".

Han pasado los años y la tierna historia de aquel joven cantante que fue supuestamente descubierto gracias a los vídeos que subía a Youtube, ha quedado en un segundo, o tercer plano. Fama mundial, romances polémicos, fiestones de rockstar, desplantes a los medios o sus problemas con las drogas... han sido algunos de los protagonistas de los titulares que Justin Bieber ha generado durante los últimos años.

Esta semana ha anunciado que se retira. Quiere dar un giro radical en su vida y, como él mismo ha dicho a través de Instagram: "La música es muy importante para mí, pero nada va antes que mi familia y mi salud".

Me parece muy bien pero... ¿por qué? En los últimos tiempos, y sobre todo gracias a su último discazo (en mayúsculas) Purpose, Bieber se había consolidado como algo mucho más que un artista de moda 'forracarpetas' y revientaconciertos. Justin innovó, gustó y se consolidó. Después, con todo ese éxito abrumador, y ya siendo un adulto, enfermó.

La inseguridad, la depresión, los problemas sentimentales, las malas compañías y la factura de haber estado tan expuesto durante años a los medios de comunicación y el éxito fueron el precio que tuvo que pagar y que, hoy, sigue pagando viéndose obligado a tomar esa decisión.

Los niños prodigios han existido toda la vida y la explotación infantil también pero, como consumidores del fenómeno Bieber, ¿tenemos algo de responsabilidad? ¿Somos cómplices? Me acuerdo de Britney, Miley, Macaulay Culkin, las gemelas Olsen y hasta de Marisol...