No llenan estadios, la mayoría de las veces no cuelgan el cartel de "entradas agotadas", y no son ni reconocidos por la calle, ni siquiera en ocasiones como deberían serlo en sus sueldos; pero ahí están: actuando día tras día ante cientos de personas. Todos los días repitiendo su mismo guion, y sin que se note. Son distintos al resto, son otra especie, son, como diría mi paisana Paquita Salas: "artistas 360".

Un artista de musicales comienza su carrera profesional agotado entre audición y audición en procesos de selección que casi siempre duran meses. Sin saber si la próxima temporada se calzará unas zapatillas de ballet en Billy Elliot, si formará parte de una banda callejera en West Side Story, o si se tendrá que dar rayos uva para camuflarse en la sabana de El Rey León.

Y una vez en el elenco hay que mantener la energía y la intención. Hay que cuidar el cuerpo, la voz y el alma dentro y fuera del teatro, porque para un actor de musicales salir de fiesta un sábado puede implicar no poder hacer el doblete del domingo, con función matinal incluida, o incluso el triplete, dependiendo de si sus jefes respetan el convenio o no.

Hay algunos con más ganas de tele, otros con el sueño de triunfar en Broadway, los menos deseando sacar un disco y sonar en Los 40... He visto bastantes musicales, es un género que me gusta, y me siento muy orgulloso de la cantidad de artistazos que tenemos en nuestro país. Ser artista de musicales es precioso, pero también muy duro, así que por favor, la próxima vez que vayáis a ver un musical aplaudid como si no hubiera un mañana porque ese momento mágico que acabáis de vivir conlleva muchos años de formación, disciplina, desilusiones y amor al arte en todas sus expresiones.

La fama cuesta. No sabéis cuanto.