Este verano en Atapuerca, Juan Luis Arsuaga me mostraba el encinar que cubre los yacimientos burgaleses y me hablaba del impacto que supuso la llegada de los primeros agricultores y ganaderos a la zona hace 5.000 años. Sus hachas, sus fuegos y sus arados modificaron profundamente el paisaje, lo domesticaron.

Pero todo eso está cambiando. Cinco milenios después, el mundo rural, heredero del neolítico, está en franca retirada en Europa. No es que volvamos al paleolítico, pero sí estamos acercándonos a una 'reasilvestración' del campo, que en medio siglo se está asalvajando a gran velocidad.

Según FAO, desde el año 2000 los bosques de España crecen a un trepidante ritmo anual de 100.000 hectáreas. Donde antes había campos de cultivo, huertas o praderas, ahora hay arbolado colonizador, encinas, robles, sabinas, pinos y hayas recuperando un territorio que un día no muy lejano alimentó a generaciones de hombres y mujeres.

Sus descendientes nos hemos ido a la ciudad, dejando a la naturaleza el papel de renaturalizar esos espacios que cada día son menos humanos. Detrás de los árboles vienen todos esos seres que, durante siglos, mantuvimos a raya y ahora se ven por fin libres de persecución: corzos, jabalíes, ciervos, zorros, garduñas, meloncillos, pero también osos y lobos.

Frente a ese mundo cada vez más salvaje, las personas nos vamos aislando en grandes ciudades, poco preocupados por el origen de unos alimentos producidos por la industria agroalimentaria más deslocalizada. Hemos convertido el campo en un escenario, un espacio para disfrutar esporádicamente de sus riquezas como meros observadores. Nunca en la historia de la humanidad había pasado algo así. ¿Es bueno? ¿Es malo? Habrá que verlo.