Aristóteles fue el primer naturalista que, hace 25 siglos, describió la hibernación de los osos, aunque reconocía no estar seguro de si estos grandes plantígrados lo hacían por frío o porque no se podían mover de gordos como se habían puesto en otoño. Gracias a una dieta hipercalórica (y vegetariana) basada en bellotas, hayucos y castañas, hoy sabemos que los osos acumulan reservas extraordinarias de grasa que les permiten pasar los largos meses invernales dormidos en el fondo de una cueva, aletargados. Reducen su ritmo cardiaco desde 40-50 hasta unas 10 pulsaciones por minuto, el ritmo respiratorio baja a la mitad y la temperatura corporal desciende unos cinco grados. No beben, no comen. Tampoco orinan ni defecan. Podríamos decir que se autoprovocan un coma inducido del que se despiertan, a voluntad, dos o tres meses después. Ya en primavera.

¿Qué pasa cuando hay poca comida? Este otoño ha sido uno de los peores que se recuerdan. Apenas ha llovido. Las temperaturas medias fueron las más cálidas de las que se tienen registros. Quizá por todo eso que llamamos cambio climático, los hayedos cantábricos no han fructificado y los robledales lo han hecho pobremente y en unos escasos lugares muy concretos. Pero los osos son tremendamente plásticos, me explica Fernando Ballesteros, biólogo de la Fundación Oso Pardo. Eso quiere decir que saben adaptarse como pocos animales a las circunstancias cambiantes del día a día. Así que ante la carestía alimenticia, han optado por desarrollar una doble estrategia. Concentrarse en aquellos pocos retazos de monte donde hay bellotas, lo que explicó inusuales agrupaciones de varias decenas de ejemplares en esos sitios (otra cosa es descubrir cómo diantres saben dónde hay comida y dónde no). Y cambiar de dieta, comiendo frutos que antes apenas probaban, como los abundantes escaramujos de inconfundible color rojo.

De esta forma, a pesar del pobre otoño, alrededor de dos centenares de osos cantábricos de los 300 existentes están ahora mismo roncando placenteramente en sus confortables y bien ocultas oseras. ¿Y el resto? Son osas con crías. Curiosamente, las 40 hembras lactantes que hay ahora mismo censadas no hibernan o tienen un sueño invernal muy breve, una dormición. Así pueden seguir alimentando a su prole en unas montañas hispanas donde, a diferencia del norte de Europa, los inviernos no son demasiado duros.

Su único enemigo somos nosotros, nuestras trampas, nuestras escopetas, nuestros venenos

Tuve en mis brazos a la Pecas, una osita huérfana a la que llegué a dar el biberón y me chuperreteaba el dedo como si fuera un caramelo de miel. Conocí a Paca y Tola, las famosas del cercado de la asturiana senda del oso, así que también he sentido la muerte de Tola la pasada semana a la venerable edad (para ellos) de 29 años. Pero nunca he visto un oso en libertad. No lo necesito. Me basta con caminar por un bosque donde sabes que vive alguno. Sentir la felicidad de que cada vez son más, pues como me confirma Fernando, su población crece ahora a un ritmo entusiasta cercano al diez por ciento anual. "No será una víctima del cambio climático", se aventura el biólogo. Su único enemigo somos nosotros, nuestras trampas, nuestras escopetas, nuestros venenos. Y en los últimos años lo hemos indultado, ya no lo perseguimos con la saña de hace no tanto. Se ha convertido en un amable símbolo natural, en un fenomenal reclamo turístico.

Solo el exceso de fama de la especie puede poner en peligro la tranquilidad que necesita para vivir y hasta para dormitar su dulce sueño invernal. Despertarlo le provocaría un terrible estrés de funestas consecuencias. Y rompería la magia de una modorra que fascina a los científicos. Si logramos descubrir sus secretos, podríamos encontrar soluciones médicas casi milagrosas para retrasar enfermedades degenerativas, gestionar de forma natural el colesterol y las grasas como solo ellos saben hacer, y mejorar las técnicas de anestesia. ¿Soñarán también los osos? Seguro que sí. Sueñan con la primavera.