Me escribe todo preocupado un amigo biólogo de La Gomera. Asegura haber escuchado en una emisora nacional de radio que cuatro trabajadores de la Agencia Estatal de Meteorología han confesado en un informe a la Unión Europea que España entera está siendo rociada desde el aire con dióxido de plomo. Por supuesto, todo es mentira. También es falso que la disparatada razón para esta intoxicación masiva de la población sea, cito textual su mensaje, "alejar las lluvias y poder subir las temperaturas para crear un ambiente climático veraniego para el turismo y a su vez ayudar a los agricultores produciendo gotas frías y con muchas intensidades".

Qué disparate. Sería necesario que miles de personas trabajaran en España ¿gratis? para tan sádico proyecto, fabricando, transportando, cargando, rociando diariamente desde el aire toneladas de veneno, igual sobre Canarias que sobre Madrid, Barcelona, Galicia, los Pirineos o el Sáhara. Pero cientos de miles de españoles se lo creen. Miran al cielo con temor pues piensan que las blancas estelas de vapor de agua generadas por los aviones son una maldición bíblica de dioses demoniacos, multinacionales farmacéuticas, gobiernos malvados, militares psicópatas, todos empeñados en eliminar de un plumazo a la humanidad, ellos mismos incluidos. Dicho en inglés todavía suena más amenazador: chemical trails o, en su abreviatura, chemtrails.

Es inútil intentar convencerlos de lo contrario. Aunque trates de demostrarles una y mil veces lo marciana de la creencia (o que la Tierra es plana, existe un mundo paralelo en otra dimensión, nunca ha llegado el hombre a la Luna, Elvis Presley está vivo, el holocausto judío es un invento), a nuestra especie le cuesta horrores cambiar de opinión. Preferimos ignorar todos aquellos hechos que no se adaptan a nuestra personal visión del mundo, por contundentes que sean. Mantenerla contra viento y marea nos hace sentir más listos que el resto, depositarios de secretos solo al alcance de unos pocos privilegiados que creen en extraterrestres, fantasmas, piedras mágicas, apariciones marianas, conspiraciones políticas, terroristas, alimentarias, médicas, religiosas. Nos gusta encontrar respuestas sencillas a problemas complejos.

Hace 70 años, una plaga de escarabajo de la patata arruinó la cosecha de Los Altos de Dobro, en el norte de Burgos. "Fueron los americanos, que soltaron esos bichos desde aviones para matarnos de hambre", me explicaba muy segura la abuela Emilia. Unos siglos antes, en esos mismos páramos, los judíos eran acusados de crucificar y arrancar el corazón a bebés cristianos. El famoso caso del Niño de la Guardia acabó llevando a la hoguera en 1491 a varios judíos y conversos, a pesar de que el cuerpo del supuesto infante torturado nunca apareció. En 2007 casi tengo que salir por patas de un pueblo de León por contradecir a quienes me aseguraban haber visto helicópteros lanzando topillos al campo para provocar una plaga, y que esos animales eran unos híbridos que habíamos criado los ecologistas para alimentar a las águilas. En 1980, otros paisanos me juraban y perjuraban que habían visto a Félix Rodríguez de la Fuente soltando lobos desde un helicóptero un mes después de su fallecimiento.

Pero volvamos a las nubes. En su cuento Jim (El gaucho insufrible, Anagrama, 2003), Roberto Bolaño cuenta la historia de un veterano de Vietnam convertido en poeta. Los niños mendigos de México le preguntan que qué es eso de la poesía. Jim los escucha mirando las nubes y después vomita, para responder elocuente: "Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes". Quizá también la poesía tenga un poco de conspiración. Pero tampoco es mala cosa estar pendientes de las nubes, esas islas del cielo que glosara Octavio Paz. Como decía el genial Ramón Gómez de la Serna, uno de los mejores oficios del mundo es el de supervisor de nubes, acostado en una hamaca mirando al cielo.