Manolo siembra el temor allá por donde pasa, o dicen que pasa, o puede que pase. Es listo. Y rápido, muy rápido. Pero también feroz. Desalmado no, pues se supone que los animales no tienen alma. Mucho menos un lobo solitario como él, famoso desde el momento en que puso una pata en Aragón, donde hacía más de 50 años que se mató al último de su especie. La diferencia es que esos de antaño eran ibéricos y Manolo en realidad es italiano; vamos, que mejor haríamos en llamarlo Emanuele. O Valentino, por lo valiente. La suya es una historia increíble. La de una manada que un buen día cruzó los Alpes, atravesó media Francia y hacia el año 2000 entró en Cataluña. Joven, inquieto, nuestro personaje siguió camino hasta llegar a Los Monegros.

El caso es que Manolo la está liando parda. Mientras sus 15 colegas catalanes se nutren básicamente de caza mayor, a él se le culpa de matar en apenas un año a entre 100 y 300 ovejas. De poner contra las cuerdas a toda la ganadería aragonesa. El PP ha solicitado su declaración como especie exótica invasora (¿exótica?, ay si Félix Rodríguez de la Fuente levantara la cabeza) y rápida erradicación. Hace unos días se convocó una manifestación en Sariñena, acusándole de grave amenaza para la ganadería extensiva y el medio rural. El lema más coreado fue "O el lobo o nosotros".

Para terminar de liarla, a Manolo le ha salido un competidor. Otro colega lobuno italiano ha empezado a moverse por la Ribagorza pirenaica. Pero vendrán más. Y la solución no está en escopetas y venenos. La solución está en compensar las pérdidas e instalar vallados ganaderos más eficaces, sin olvidarnos de los valiosos perros mastines. Porque no se puede poner puertas al campo y menos al lobo.