Las ciudades no se diseñaron, se hicieron. Al principio, las de origen más antiguo, tuvieron en cuenta la orientación, su cercanía a ríos, a productivas huertas. Los avances tecnológicos y una energía barata y abundante (el petróleo) nos hicieron olvidar los condicionantes climáticos... hasta que la liamos.

El calentamiento global está obligando a replantearnos el diseño de las grandes urbes. No nos queda otra. Más de la mitad de la población mundial vive en ciudades con más de 300.000 habitantes y en 2050 lo harán tres de cada cuatro humanos, pero en entornos cada vez más áridos, más hostiles.

¿Cómo adaptarse a los nuevos cambios? Invirtiendo en infraestructuras verdes y azules, aquellas basadas en la integración de sistemas vegetales y de agua con edificios inteligentes y espacios públicos que respondan a esos extremos climáticos. Como en Dubái, donde se instalan estructuras híbridas que generan energía solar y captan agua del rocío, o el sombreado dinámico se mueve por los edificios a la vez que el sol, reduciendo el consumo de aire acondicionado.

En Los Ángeles han comenzado a colorear el suelo de sus calles con una pintura especial que reduce la temperatura ambiente en 6,6 grados centígrados. Y cada vez hay más rascacielos con cubiertas vegetales que tapizan fachadas y azoteas no por estética, que también, sino para reducir el calor, el ruido, el polvo y la contaminación.

Todos estos avances, hoy tan modernos, serán comunes dentro de poco. Y lograrán ciudades más cómodas, más agradables, con numerosos parques, paseos, buenas comunicaciones y todo tipo de novedosas instalaciones. Gracias a ellas, caminar será más interesante y cómodo que seguir esclavos del automóvil, ya eléctrico, claro.