Soy de los que se dejan la vista en las etiquetas del supermercado. No solo sufren mis cansados ojos con la letra de pulga que enumera la composición de sus productos, también padece mi intelecto descifrándolos. Hay que empollar mucho para advertir a ciencia cierta si la ingestión reiterada de algún elemento de los que aparece en la lista de ingredientes puede resultar a corto, medio o largo plazo perjudicial para la salud.

Lo cierto es que la corriente de consumo, que felizmente prospera en las sociedades más avanzadas, es la que trata de mejorar la calidad de la dieta y cuidar con ella la salud, lo que no resulta fácil. Salvo aquellos que por su proximidad al ámbito rural tienen a mano productos frescos, sin manipulaciones ni envoltorios, la inmensa mayoría de los ciudadanos ha de recurrir a los alimentos procesados, con los que no hay manera de aplicar un programa alimentario.

Mejorar la dieta requiere, al menos, el identificar lo que se come, y las limitaciones del actual etiquetado no lo permiten. La industria siempre nos lo pone bonito con los productos light, bajos en calorías o sin azúcar o sal, pero nos camufla los sustitutivos que logran mantener su textura y sabor y color. Tampoco sabemos demasiado de conservantes, colorantes o edulcorantes. Hemos prosperado, al menos, en lo que a los principales elementos alérgenos se refiere, ya que ahora la normativa exige declararlos en los envases aunque los contengan en pequeñas cantidades.

Es obvio, sin embargo, que falta información, faltan datos que nos permitan conocer, de un simple vistazo y sin perder el tiempo escudriñando etiquetas frente a los estantes del súper, qué es lo que contienen los alimentos y en qué nos pueden beneficiar o perjudicar sus componentes.

En países como Francia o el Reino Unido funcionan ya etiquetados frontales que advierten de forma clara y sencilla sobre la calidad nutricional de los productos alimenticios. Hay varios modelos en marcha con puntuaciones que se reflejan en una especie de semáforo donde los colores ponen de manifiesto la proporción de los elementos más perjudiciales para la salud. El más llamativo visualmente, denominado Nutriscore, es el escogido por el Ministerio de Sanidad para implantarlo aquí, en España. Pronto empezaremos a verlo en algunos productos, aunque tardaremos un año en que sea obligatorio.

En el código Nutriscore sus cinco colores graduales del verde al rojo delatarán, a simple vista, la sobrecarga de calorías, azúcares, grasas saturadas y sal, además de reflejar los niveles de fibra, hidratos de carbono y proteínas. Los principales colegios de dietistas y nutricionistas de España habían pedido ya a las autoridades sanitarias la implantación de la etiqueta frontal. Este semáforo nutricional supone, sin duda, un avance considerable en materia de salud pública. Si somos lo que comemos, qué menos que saber lo que se come.