Fue un engaño más. Carles Puigdemont basó su narrativa de campaña en la necesidad de que los independentistas le votaran para hacer posible su retorno a Cataluña. Dando por sentada una legitimidad que al menos la mitad de los catalanes no le reconocen, transmitió desde su autoexilio dorado la idea de que si la candidatura que él encabezaba ganaba las elecciones, la orden de detención que pesa sobre él sería revocada y podría regresar. "Si queréis que vuelva el presidente votar al presidente", decía. Era completamente falso, ningún triunfo electoral revoca una orden de detención, porque la justicia sigue tozuda su curso al margen de cualquier acontecimiento político.

La mentira, sin embargo, fue enormemente efectiva porque le sirvió para vencer a Oriol Junqueras, su principal rival en el caladero secesionista enmohecido en su celda de la cárcel de Estremera.

Los embustes funcionan en el universo soberanista, ERC era la candidata aventajada en todos los sondeos, se auguraba un hundimiento de los antiguos convergentes en favor de los republicanos y las falacias del expresident les han torcido el brazo.

Ahora sigue engañando. Para empezar se presenta como el ganador de unos comicios que tienen un claro vencedor en la figura de Inés Arrimadas, cuya lista le ha sacado 140.000 votos de ventaja a la de Juntos por Cataluña. Puigdemont ni siquiera ha mencionado esta circunstancia como si la victoria de Ciudadanos no se hubiera producido. Transmite que el independentismo en su conjunto ha obtenido la mayoría de escaños y que eso le sitúa a él y solo a él en la posición de negociar con el Estado español. Eso explica el que su primer paso haya sido ofrecer un diálogo de tú a tú con Mariano Rajoy.

Es embustero pero no imbécil, de sobras sabe que es imposible, que ningún presidente de un Estado democrático puede negociar nada con un prófugo, y también que nada mas pisar suelo español sería detenido, porque ni siquiera un jefe de gobierno podría evitarlo sin incurrir en un delito de prevaricación y vulnerar el principio de separación de poderes. Es legalmente imposible que reciba garantías de no ser apresado y su propio abogado ha reconocido públicamente que el reglamento del Parlament no permite una investidura a distancia. ERC ya le exige que aclare su futuro y el de los otros huidos de una vez por todas y no maree más la perdiz.

El bloque vencedor tiene problemas serios para formar gobierno y quiere saber cuanto antes el terreno que pisa. Están pendientes de los recursos contra la prisión preventiva de Junqueras y otros imputados para tomar decisiones y que corra o no la lista. Saben además que la CUP no se lo va a poner fácil para completar la mayoría absoluta. El compromiso electoral de los cuperos fue la insumisión absoluta y el horno no está para ese bollo.

El plan B del secesionismo es atraer a los ocho diputados de los Comunes, que apuesta por las políticas sociales que abandonó el procés y un referéndum pactado con el Estado español. Tienen por delante mucho trabajo y muy complicado, y es más que probable que lo tengan que hacer bajo la presión creciente de una nueva fuga de empresas que de aquí a febrero ya no detendrá ningún 155. Puigdemont seguirá mientras insultando a España desde Bruselas, porque no vendrá por Navidad y es posible que no vuelva jamás.