Tienen carácter epidémico. Las mentiras inundan las plataformas digitales con tal profusión y eficacia que logran rememorar a Goebbels y aquello de que "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad". Aunque la radio fue su preferida, el ministro de propaganda de Hitler empleaba cualquier medio de la época para lanzar, con su verbo apasionado, toda suerte de falsedades y consignas políticas de alto voltaje que arrastraran a las masas.

Ahora vivimos en un mundo de comunicación acelerada donde es posible introducir fácilmente mentiras en las redes y lograr un impacto en el imaginario público que empalidecería las técnicas de propaganda del nazismo. A diferencia de la verdad, una falacia puede ser diseñada a medida con el objeto de que obtenga el éxito deseado.

Es cierto que mentiras hubo siempre, que los políticos manipularon la realidad a su mayor gloria e interés y que el periodismo amarillo ha rozado, y con frecuencia traspasado, las líneas de lo penal. Pero lo de ahora es distinto, en las redes se puede mentir impunemente sin que la falacia, aunque conlleve nefastas consecuencias, reciba especial reproche legal ni social.

Un caso paradigmático es el de Donald Trump, quien accedió a la Casa Blanca lanzando infundios tan abultados como que Barack Obama, el gran valedor de su oponente, no había nacido en los Estados Unidos. The Washington Post, que montó un equipo específico para hacer recuento de las afirmaciones falsas del presidente norteamericano, lleva contabilizadas más de 10.000 mentiras desde que ocupó el Despacho Oval hace dos años y medio.

Con un control metódico y riguroso, este equipo de informadores ha cifrado en 23 la media diaria de bulos que son lanzados desde la Presidencia. Trump desprecia el periodismo, ningunea a los medios de comunicación y a cualquiera que pueda denunciar o afearle su adicción a la mentira. La utilización sistemática y espúrea de las redes sociales le permiten reinar en la llamada posverdad con absoluta impunidad, sin que el periodismo parezca capaz de contrarrestar semejante desatino.

Mentiras y más mentiras es lo que también emplea Nicolás Maduro para justificar la ya injustificable permanencia en el poder de este matarife de la libertad de prensa. El periodismo libre, sin embargo, no supo o no quiso desenmascarar en su día a Boris Johnson cuando en la campaña a favor del brexit recorrió el Reino Unido en un autobús pintado con el lema "Londres paga 350 millones de libras por semana a la Unión Europea".

La gente se lo tragó, horas después del referéndum Johnson reconoció que era falso y, aunque la justicia británica le ha procesado por mentir ostentando un cargo público, no parece que vaya a restarle posibilidades de ser elegido primer ministro. Es obvio que la mentira es socialmente digerida sin que comporte especial descrédito a su emisor.

De no afrontar con determinación este fenómeno, el manejo de la opinión pública a base de falacias puede resultar devastador para el sistema democrático. Se necesita más que nunca un periodismo riguroso y decente capaz de desenmascarar y reprochar a quienes mienten o emiten falsos rumores desde cualquier plataforma política, social o económica.

Es una labor inexcusable que los medios de comunicación han de comprometer para que, por encima de todo, siempre brille la verdad.