Maldita la hora en la que se me ocurrió poner en la tele el documental Conociendo a los felinos, de National Geographic. ¡Ha conseguido que vea a López, mi adorable gato, como un asesino! Los culpables son Beverly y Dereck Joubert, un matrimonio que lleva más de treinta años observando a los parientes de Simba en la sabana. Al ver que el minino de su vecina cazaba ratones con el mismo salero que un león acecha a un ñu, se preguntaron si realmente ambas especies eran primos lejanos o, más bien, hermanos. Los Joubert siguieron con sus cámaras la apretada agenda diaria del gatete y descubrieron que, a pesar de lo que dicen los enternecedores vídeos de YouTube, felinos grandes y pequeños comparten la misma mala leche. Los gatos son depredadores, tienen los instintos de sus colegas africanos en las neuronas, aunque no los llevan a buen puerto por una cuestión de escala. Si tuvieran el tamaño de un león, nos desayunarían.

Cuando te haces un selfie con el gato para celebrar el #diainternacionaldelgato.

Una publicación compartida de Carlos G. Miranda (@carlosg.miranda) el20 de Feb de 2016 a la(s) 5:03 PST

Me propuse observar el comportamiento amoroso de mi gato para desmontar la hipótesis del documental, aunque, para mi desgracia, me encontré con su confirmación. Para empezar, caí en que López, al contrario que el resto de la humanidad, se vuelve loco si llevo pantalones cortos. En cuanto ve un hueco de mi piel color pan Bimbo asomando, ahí que va a clavar el diente.

Siempre había pensado que sólo era un juego, como cuando le da por atacar a la escoba con la que me paso el día barriendo su cambio de pelaje primaveral. Los del documental dicen que sus colegas salvajes juegan de la misma manera con todo lo que se encuentran y que, en realidad, se están entrenando para cuando llegue el momento de salir a cazar. Al parecer, soy como el Cholo Simeone de López cada vez que le lanzo la pelotita. Es de los que te la traen de vuelta, rollo perro, pero lo malo es que el juego con él tiende a infinito porque no conoce límite. Todo lo contrario que mi ciática, que se me pinza cada vez que me agacho a recoger la pelotita.

Cuando Miau significa "Vete a vacilar a tu puta madre".

Una publicación compartida de Carlos G. Miranda (@carlosg.miranda) el16 de Abr de 2016 a la(s) 3:53 PDT

Si nos vieran los Joubert, probablemente dirían que López sólo está intentando dejarme exhausto para ser una presa fácil. También afirmarían que se pasa el día en lo alto de la estantería pendiente de su merienda (yo) como los guepardos observan desde las copas de los árboles a las cebras. Ambas especies calculan en las alturas el ataque y el valor de la recompensa, aunque la víctima de López suele ser el ficus medio calvo que tengo en el salón y al que tiene frito con tanto zarpazo.

Para destrozos, el del sofá en el que se dedica a afilarse las uñas, o eso pensaba yo que hacía… Resulta que los felinos grandes rascan de la misma manera los troncos de los árboles, pero la intención no es la de sacarle punta a las cuchillas de Freddy Krueger que tienen, sino marcar la propiedad. Al parecer, López se está cargando mi tresillo para dejar claro que es suyo, igual que el colchón, el jersey que me tejió mi madre, el brazo… Según los de National Geographic, el mensaje sería algo así como "fuera de mis cosas o acabo contigo"

Dice que ha sido la asistenta.

Una publicación compartida de Carlos G. Miranda (@carlosg.miranda) el27 de Feb de 2017 a la(s) 3:05 PST

Si alarga el crimen es sólo porque consigue comida con un maullido. López tiene el morro fino, que el pienso del súper no le gusta y solo engulle uno que es ecológico y huele que alimenta. Cuando eres autónomo, si tu gato cena croquetas hipsters, a ti te toca conformarte con un Fuet de un euro que acorta la esperanza de vida. Al bebedero ni se acerca, que le gusta que el agua corra como la del riachuelo en la que beben sus colegas salvajes, así que me toca compartir el grifo del lavabo. Una vez se me olvidó que le había dejado allí bebiendo y, para cuando me di cuenta, mi casa ya era un parque acuático. Mira que López maúlla en cuanto me echo la siesta, pero en ese momento se quedó mirando el agua mientras crecía en el suelo sin abrir la boca…

Y después fue cuando me quedé sin pelo. #photoboom

Una publicación compartida de Carlos G. Miranda (@carlosg.miranda) el15 de Ene de 2017 a la(s) 3:00 PST

Empecé a pensar que lo del libro de humor que tengo en la mesilla, Como saber si tu gato planea matarte, de Mathew Inman, en el que se cuenta que el gato te trae un ratón que ha cazado para advertirte de que tú serás el siguiente, igual no era cachondeo... Quizás lo de que López se pase las noches corriendo por toda la casa, rebotando en las paredes como en un pinball hasta aterrizar en la cama para despertarme, igual era un modo de provocar un "accidental" infarto. A lo mejor, cuando se escapa por el balcón a la casa de la vecina, que tiene una gata con la que no puede hacer lo de las abejas y el polen porque es eunuco, monta un cónclave para organizar asesinatos de amos en equipo. Los grandes felinos cazan en manada…

La conspiranoia se me pasó por la mañana, cuando López me despertó con su rutina habitual: pegándome lametazos en la barba. No es lo más higiénico del mundo, pero resulta que lo de chupar a los colegas también lo hacen los grandes felinos de la sabana.

¿Y vuestra noche qué tal?

Una publicación compartida de Carlos G. Miranda (@carlosg.miranda) el24 de Ene de 2017 a la(s) 3:01 PST

Según los Joubert, es una especie de comportamiento íntimo que sirve para unirse y reforzar el parentesco. El mensaje que trasmite es el de "nos cuidamos el uno al otro" y López me lo dice porque no es un tigre, ni un león, ni un guepardo. Por mucho ADN adormilado que le diga que debería comerme, López es un gato doméstico y me da que esos son tan vulnerables como las personas.

No le culpo de que sueñe con ser un león de la sabana y yo su presa. Yo me he imaginado alguna vez que soy Brad Pitt. Es de mi misma especie, así que algo de genética compartimos y, con los chupitos suficientes, hasta me puedo creer su primo hermano. Al final, la noche de bares se encarga de colocarme en mi lugar: el del amigo majete de Brad Pitt.

La vida va de asumir que somos la sombra de lo que podríamos llegar a ser. Al final, no somos tan altos, ni tan listos como esperábamos, pero, con suerte, se nos olvidan las vidas posibles y llegamos a disfrutar de las que logramos tener. A los gatos les pasa lo mismo. Cuando lo consiguen, ronronean.

Sueños

Una publicación compartida de Carlos G. Miranda (@carlosg.miranda) el4 de Ago de 2016 a la(s) 6:26 PDT