Desde este jueves, los padres españoles pueden disfrutar de una quinta semana de permiso de paternidad. Como se sabe, la medida pretende contribuir a que los padres se impliquen por derecho en la crianza de los hijos, con el fin de mitigar la desigualdad y, de paso, suturar la brecha laboral y salarial por sexo, que echa raíces precisamente cuando las mujeres tienen hijos.

Bienvenida sea pues esa quinta semana, que traduce sensibilidad ante un grave problema, pero que no parece suficiente ni para cerrar la brecha ni para paliar otra cuestión de Occidente derivada a su manera de esta: cada vez somos menos y más viejos.

Hace unos días, el Instituto Nacional de Estadística publicaba el informe Movimiento natural de la población. Indicadores demográficos básicos 2017. Venía cargado de datos alarmantes, aunque hayan sido opacados en un instante por la nerviosa actualidad. Por ese informe hemos sabido que, el año pasado, el número de fallecimientos superó en más de 30.000 al de nacimientos, o que vino al mundo un 24% menos de niños que hace veinte años. De hecho, nacieron 8 niños por cada 1.000 habitantes, la tasa más baja desde 1975.

Entre las razones que aportaban los responsables del informe, referían estadísticas que volvían la vista a las mujeres: por un lado, se ha reducido la población, y por lo tanto la femenina, de entre 15 y 49 años por la caída de natalidad de la crisis de los años ochenta. Por otro, se ha vuelto a retrasar la edad de la primera maternidad, hasta los 32,1 años, dos más que diez años atrás. De hecho, el 40% de los partos los protagonizan mujeres mayores de 34 años. El resultado, un promedio de 1,31 hijos por mujer. Esto es, la mayoría, que ya ha tardado en tener el primer hijo, no puede con un segundo, cuyos cuidados recaen mayormente en el costado femenino, con el consiguiente y temido impacto en su vida laboral.

Los expertos llevan años reclamando medidas ante la llegada de este 'invierno demográfico'. Ahora, de la mano de la reivindicación de las mujeres, se dan pasos como el estrenado ayer. Pero lo comentado: una anécdota frente a los obstáculos que tiene por delante quien se propone tener hijos, cuando el daño será colectivo con reducción del PIB, conservadurismo vital, dificultades para sostener el sistema público de pensiones o más impuestos.

Ya hemos visto en otros países, especialmente en el norte de Europa, que hay decisiones que funcionan: ayuda económica a las familias vía impuestos o directamente, más guarderías y más servicios públicos para la infancia, horarios facilitadores y mejores salarios. Aquí seguimos con serias dificultades para que nuestros jóvenes se emancipen debido a la inestabilidad laboral y los bajos salarios, a lo que se suman jornadas laborales interminables. Por no hablar del déficit de plazas de guardería o la generalización de la jornada continua en la escuela, que obligan a disponer de ayuda familiar o externa si se quiere tener una carrera profesional.

Y si todo esto es determinante para la demografía, no lo es menos la geografía. En once comunidades autómonas el saldo vegetativo fue negativo: obviamente, las más pobres y las más envejecidas y donde, cómo no, las oportunidades para las mujeres son peores. Aunque ahora haya en marcha distintas iniciativas para combatir el fenómeno derivado, la despoblación, también vemos que se habla más que se hace. Antes bien, como recordaba hace unos días Julio Llamazares, solo avanza la insolidaridad creciente entre los españoles, tanto a nivel individual como territorial, con los más ricos pidiendo más.

Volviendo al movimiento de la población en su conjunto, el año pasado, España alcanzó los 46,6 millones de habitantes, 132.000 más que en 2016, gracias a los extranjeros que han vuelto a venir y a los españoles que regresaron: 532.000 personas en total. Pero los expertos nos advierten de que este vaivén, sin despreciar la esperanza que conlleva el aumento en sí, no debe ocultar la crisis vegetativa que padecemos. Mitigarla pasa por equiparar las condiciones de vida de las mujeres e implicar al ciento por ciento a los hombres en los cuidados familiares.

No por sabido hay que dejar de repetirlo.