Algo debemos estar haciendo mal para que un proceso electoral como el de la UE, que afecta a nuestro devenir cuando menos de los próximos cinco años, esté pasando sin pena ni gloria para una buena parte de la ciudadanía, eclipsado por unos comicios autonómicos y municipales, relevantes, pero en menor medida.

El desapego va en aumento: hemos pasado de una participación del 62% en las elecciones de 1979 –España no concurrió– al 42,6% en 2014. Los propios partidos no se lo toman siempre en serio, enviando a veces al Parlamento a candidatos con insuficiente preparación a modo de premio de consolación.

Cierto es que el 26-M España acude algo contrariada al ver a un Puigdemont campando a sus anchas amparado por un derecho europeo garantista, que por otra parte constituye una de las grandezas de nuestra democracia. En Europa nos jugamos la política medioambiental, agraria, migratoria, empresarial, investigación, empleo... y un sinfín de medidas.

Estos comicios pueden suponer además un punto de inflexión, dado el auge de los euroescépticos en un contexto en que el PP Europeo y los socialistas pueden perder su tradicional hegemonía. Para ponerle más emoción al asunto, concurre un Reino Unido (el Caballo de Troya de EE UU en la UE, según Charles de Gaulle) con el promotor del brexit Nigel Farage liderando las encuestas en un país que elige al 10% de los diputados del Parlamento Europeo.

Nuestro futuro depende de Europa. Vivimos en un mundo globalizado, en el que la UE ha de afrontar el desafío de las potencias emergentes, en el que la unión hace la fuerza y en el que, como nos descuidemos, nos comerán el pastel. Si no, al tiempo.