Respetada Cristina Ortiz Rodríguez, conocida como ‘La Veneno’:

Lamento que ya no puedas leer esta carta porque la muerte -violenta- te llegó a los 52 años y aún no saben muy bien si fruto de una paliza o por la mezcla de alcohol y pastillas para soñar. Da igual. Muchos ni siquiera sabrán quién fuiste, un ser humano con una infancia difícil que vivió de pronto el sueño de una noche de televisión y fama. Te hiciste popular y hasta dejaste la prostitución, que era tu forma de vida. Alguien te descubrió, te puso frente a unas cámaras y nosotros, la audiencia, hicimos el resto mientras la cadena en la que salías no sé si te pedía o no más provocación, pero tú lo dabas todo hasta que al final llegó el final. De nada sirvieron las giras ni los dos sencillos que llegaste a grabar intentando exprimir aquel agrio limón en el que ya no quedaba jugo. Había comenzado la cuesta abajo y volviste a la calle y a la cárcel por estafa. Cuando saliste eras ya el juguete definitivamente roto, un cuerpo, el mismo que te había dado ese amago de éxito, que pesaba 120 kilos de tristeza y olvido bajo un maquillaje ajado y el deterioro en el rostro que es la firma que deja la mentira, una gloria que nunca fue verdad pero que te llegaste a creer porque todos hicimos algo para embaucarte en esa mentira. Quisiste -o quisieron- exprimirte un poco más y te volvieron a engañar con una biografía inútil. Pero ya nada podía funcionar.

La fama repentina produce monstruos y la televisión necesita devorar a sus hijos y reemplazarlos por otros

No has sido la primera ni serás la última. La fama repentina produce monstruos y la televisión necesita devorar a sus hijos y reemplazarlos por otros para que el espectáculo no decaiga. Yo sé que todo esto es trágico, lo sé desde que una chiquilla, hace ya bastantes años, puso fin a su vida porque dejó de ser ‘famosa’ y no pudo soportarlo. Lo sé porque se venden y se compran los ingresos en las clínicas psiquiátricas a muy buen precio y porque el dolor y la ruina moral se cotizan al alza en ese mercado absurdo de intimidades al desnudo y mentiras.

Nunca fuiste santo de mi devoción, Cristina Ortiz, más conocida y más olvidada como ‘La Veneno’, pero siempre entendí la tragedia de nacer chica en un cuerpo de chico y que aceptaras la oferta de hacer de aquello un espectáculo. No juzgo. Intuí tu final trágico y ahora que se cumple, hay como un desconsuelo y una cierta vergüenza. Lo peor de todo esto es que seguirán durante unos días ganando dinero con tu muerte a la espera de próxima víctima.

Descansa ahora en paz lo que te hizo sufrir la estafa de tu vida.

Descansa en paz, Andrés Aberasturi