Juan Luis Saldaña  Periodista y escritor

Resiliencia, palabra sospechosa

Ajo (derse) y agua (ntarse).
Ajo y agua, alternativa tradicional a la resiliencia.
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Hay palabras-antídoto que parecen llevar en su semántica y en su fonética un componente mágico que las convierte en eficaces, funcionales e imprescindibles. Parecen conjuros. Si las dices muchas veces, acabas poseyendo aquello que definen. El término resiliencia, que suena, por cierto, fatal, es uno de esos vocablos. Está de moda. Tenemos que ser resilientes. El vacío que hay detrás asusta. No hay un porqué, ni un cómo, ni nada de nada. Hay un coro de cacatúas.

¿Qué significa esta palabra? La capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos. Nada nuevo. Es lo mismo que tener fortaleza, aguante, paciencia, estoicidad, flexibilidad, solidez, resistencia y otras virtudes. Como pasa con muchos vocablos, resiliencia es una adaptación del inglés. Por ahora no me he encontrado a ningún vendehumos diciendo el término resilience. Todo llegará.

Compruebo en la herramienta que ofrece las tendencias de búsqueda en el famoso buscador de Internet que esta palabra lleva años superando en búsquedas al término “sacrificio” y que -esto es sorprendente- desde enero de 2020 ha adelantado también a la palabra “paciencia”. Adoramos como al becerro de oro el efecto seductor de una palabreja nueva repetida hasta la saciedad. Compruebo con alegría que no ha sido nominada a palabra del año en esos jueguecitos que hace la Fundéu. Sí que lo ha sido, observo estupefacto, en el certamen Palabra do Ano de Galicia. Ha quedado segunda detrás de “tanxugueiras”. Madre mía.

Seguimos. La palabra se ha colado desde hace ya tiempo en la prensa deportiva. Aparece en muchos titulares. Peligro. Alerta. “Ardor bético contra resiliencia sevilista”, “Tokyo 2020 y la resiliencia del olimpismo”, “Remontada contra resiliencia” o “Robert Moreno cree que el triunfo muestra la resiliencia de su equipo”. Hay que empezar a sospechar. Pero aún no hemos llegado al peor de los indicativos.

"Me quedo con expresiones populares que apelan más a la alegría humana y no a una sicología semiculta de garrafón"

La política. La palabra-conjuro es ya parte de algunas disposiciones legales como el famoso Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Sigo leyendo textos en los que aparece la palabra y compruebo que la niña alemana Ana Frank era muy resiliente y que el famoso filósofo austriaco Viktor Frankl lo era también. Ambos sufrieron el horror nazi y ambos, fíjese usted, eran, sin saberlo, resilientes.

Y ahora, hablando en plata, les diré yo la traducción real de esta palabra en la que se encierra, quizá, la causa de su éxito: “aguanta y haz lo que te digamos porque no te queda otra”. Yo me quedo con expresiones populares que apelan más a la alegría humana y no a una sicología semiculta de garrafón. Ahí van: “jódete y baila”, “agua y ajo” y “san Jodersen, que está debajo del puente de Caparroso”.

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