Genoveva Crespo  Periodista

El palmarés

Jessica Chastain
Jessica Chastain
GTRES

El Festival de Cine de San Sebastián ha concluido su 69ª edición con un palmarés insólito por la abrumadora presencia de mujeres premiadas. Y lo hacía después de que en la misma edición se entregara el Premio Donostia a la trayectoria artística a Johnny Depp, una decisión rodeada de polémica al estar acusado de malos tratos, aunque se no se le haya procesado por ello.

A juicio de los expertos que han estado allí, San Sebastián ha premiado obras de mujeres que no lo merecían, frente a hombres que sí y se han ido de vacío, en lo que ha parecido la reacción de un jurado mayoritariamente femenino al premio a Depp, decidido por la organización del Festival, que ha obviado la ‘cultura de la cancelación’. Esto es, la retirada de apoyos y el señalamiento para condenar socialmente a alguien mientras actúa, o no, la Justicia.

Sin duda, las cuotas son necesarias para avanzar en la presencia de las mujeres en cualquier ámbito público: no hay más que ver cómo solo así se ha logrado una mayor paridad en la política. Pero de ahí a premiar por premiar hay un trecho que puede conducir directamente al descrédito. Lo mismo que aplicar la moda de la retirada de apoyos y el señalamiento puede ser justa... o muy injusta. Puestos a actuar al margen de la ley, también puede utilizarse para eliminar socialmente a los incómodos.

Ambos comportamientos retratan a esta sociedad que con tanta finura e ironía ha reflejado Daniel Gascón en La muerte del hipster. Como si fuera una gran broma, Gascón repasa con hondura nuestros usos y discursos de urbanitas, donde las tendencias dominantes llevan a menudo al ridículo y, si te descuidas, a ser más injusto en las respuestas que en los cuestionamientos.

En sucesivas e hilarantes escenas, el ‘hipster’ devenido en alcalde rural tiene que tomar no pocas decisiones a raíz de la pandemia o de la vocación secesionista de las Masías de la Rambla. Requeteleído, el alcalde Notivol tiene autores de toda laya donde inspirarse. Ahí está el siempre útil Michael Ignatieff y su ‘derecho a ser escuchado’. Esa reflexión que recuerda que la representación y el respeto de los gobernados te los tienes que ganar día a día, haciéndoles sentir que estás allí por los votantes y no por tu interés. Vale para el humilde y perplejo ‘hipster’ –que esperamos sea eterno y sus entregas sean como los diarios de Trapiello– y para los ‘grandes’ de la política.

En nuestra coyuntura política, que como dice Daniel Gascón debate mucho sobre los debates y poco sobre las cosas de verdad, hay demasiados españoles que sienten que sus representantes no se han ganado el derecho a ser escuchados

Estos días ha surgido la posibilidad de que las provincias más despobladas de España articulen una candidatura electoral que, según algunas extrapolaciones, podrían sumar hasta veinte escaños.

En nuestra coyuntura política, que como dice Gascón debate mucho sobre los debates y poco sobre las cosas de verdad, hay demasiados españoles que sienten que sus representantes no se han ganado ese derecho a ser escuchados. Que están allí por su interés y no por el general. Está por ver si se formará o no esa alianza, qué resultados obtendrá y cuánto durará. Pero la historia reciente nos demuestra que en España hay una franja importante de personas que se sienten preteridas y que buscan en los extremos o en la novedad respuestas a sus problemas. No es fácil que las encuentren, porque son más complejos de resolver que de enunciarlos, pero son demasiados años sufriendo los humos de los nacionalismos.

Entre tanto debate sobre el debate y tanto teatro, con la mesa de diálogo con Cataluña como máximo exponente, estamos despidiendo a la gran Angela Merkel, una canciller que se va con el reconocimiento de la mayoría de los europeos, al margen de la ideología. Lo ha hecho desde la política de las cosas: defensa de los principios de la democracia liberal y una gran capacidad para abordar sin sectarismos los graves problemas que han ido surgiendo en el camino desde la crisis financiera. Desde una austeridad y una ejemplaridad personales inusuales, con las que se ha ganado como nadie ese derecho a ser escuchada.

Con el palmarés de San Sebastián, en cambio, no parece que ganemos mucho, como no sea en la competición de hacer un poco el ridículo.

Y la luz sigue subiendo.

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