Borja Terán  Periodista
OPINIÓN

Los límites del humor de Miguel Gila: así es la sensibilidad con la que confeccionaba sus monólogos

Miguel Gila
Miguel Gila
RTVE

Miguel Gila nació solo, pues su madre se había ido a pedir perejil a una vecina. Lo contaba en el magistral monólogo 'la historia de mi vida', que interpretó tantas veces. La última vez, poco tiempo antes de morir, en 'El Club de la Comedia', en 2001. Dos décadas después, las carcajadas que produce este texto siguen vigentes. Pasan los años, pero no las cualidades con las que Gila confeccionaba sus monólogos. Sensible, despierto, icónico: tenía claros cuáles son los límites del buen humor, su humor. Un inspirador mapa de ruta para todos aquellos que se dediquen a la comedia, a la comunicación, a construir sociedad.

"He buscado siempre que el disparate tenga cierta lógica. Es decir, que sea creíble.  Por ejemplo, cuando digo 'del dinero que sacamos del tambor que vendió mi padre, que era músico en la Orquesta Sinfónica de Londres, en vez de gastarlo en champán, lo echamos a una rifa y nos tocó una vaca. Siempre digo que la vaca la llevamos a casa y la pusimos de nombre Matilde, en memoria de una tía mía. Porque el surrealismo tiene que tener cierta racionalidad: pensar que me llevo una vaca a casa y la pongo en el balcón para que tenga fresca la leche, tiene un sentido. Lo que no puedo decir es que la vaca jugaba al mus. Juego con imágenes que de alguna manera me las pueda creer hasta yo". Así explicaba Miguel Gila a Joaquín Soler Serrano, en la Televisión Española de 1976, el valor de mantener el humor en contacto con pilares de realidad. Aunque sea una obra surrealista.

O, lo que es lo mismo, que el espectador entienda esa motivación que hace comprensible al personaje. De ahí que otra gran frontera para la comedia de Gila, como ya recalcaba a mediados de los viejos setenta, era escabullirse de la facilona condescendencia. No podía ni quería reírse de las minorías. Vivir en primera línea la guerra y la posguerra le había enseñado a no mofarse del diferente. Rechazaba la burla para intentar plasmar con sentido crítico las causas de las mofas. De ahí que su comedia no tenga fecha de caducidad. Tiene sensibilidad. Intenta entender, no ridiculizar desde la ignorancia. 

"No sólo quiero hacer reír, quiero al mismo tiempo hacer pensar".

Gila elegía el camino de escuchar a su entorno para retratar la complejidad del país desde su ingenuidad, su incomprensión, sus ilusiones bajo una boina, que también decía mucho de España sólo con el uso de la iconografía visual. Ahí estriba la otra lección del cómico como autor. No se quedaba en el chiste, estaba comprometido con su tiempo. Entendía que el mejor entretenimiento es que aporta. Y lo recalcaba. "En todos los monólogos que hago, ya sean del absurdo o no, siempre hay intención. Cuando yo hablo por teléfono al enemigo y le digo muy enfadado por qué han tirado un cañonazo al jueves que le ha dado a una señora que no es de la guerra'. Para mí, esa señora es un simbolismo de la población civil. No sólo quiero hacer reír, quiero al mismo tiempo hacer pensar".  

De esta forma, Gila construyó un todopoderoso vínculo de complicidad con la audiencia. Porque se implicaba, se mojaba. Su mensaje no era vacío. Su sarcasmo era valiente. Nos delataba, nos despertaba, nos inspiraba enfrentándonos a carcajada limpia a un espejo de lo que somos. Después de sufrir una Guerra Civil y sus ajustes de cuentas, su humor vertebraba el país ya que aprendió a fijarse más en aquello que nos unía como ciudadanos. Y lo sabía narrar con el superpoder del espíritu crítico que no se conforma con vivir la vida. Va más allá: quiere celebrar la vida para mejorar la vida.

Amplia este artículo con sonidos originales de Gila en formato podcast:

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