Marramiau

Joan Ferran Historiador y articulistaOPINIÓN
Un gato observa por la verja de las instalaciones adecuadas del albergue San Francisco de Asis de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Madrid.
Un gato observa por la verja de las instalaciones adecuadas de un albergue.
Jesús Hellín / Europa Press

Cuando un político con mando en plaza rectifica hay que aplaudir. Y hay que hacerlo porque este es un fenómeno que no suele prodigarse. La alcaldesa Ada Colau ha movido ficha y lo ha hecho con acierto. Ha rescatado, del cuarto oscuro de los recortes, las ayudas que iban destinadas a las entidades animalistas de la ciudad y las ha redimensionado, ergo, hay que celebrarlo. 

Hace pocos días se oyó un sonoro ‘marramiau’ de mal humor que recogió la prensa. Un nutrido grupo de asociaciones, que trabajan en el ámbito del llamadobienestar animal,cursaron una carta a la alcaldesa expresando su preocupación por la desaparición de los recursos económicos que facilitan su labor. Pero, más allá de esa legítima reivindicación de tipo monetario, la misiva demandaba un reconocimiento de la tarea social que llevan a cabo estos colectivos. 

Hoy en día es indiscutible su función educativa y de servicio público complementario al municipal. La labor de su voluntariado gestionando adopciones de animales abandonados, facilitando esterilizaciones, vacunas y servicios veterinarios, a ciudadanos con mascotas y sin recursos, ponen en valor su hoja de servicios. 

Barcelona, si quiere presumir de ser ‘amiga de los animales’, ha de demostrarlo. Su ayuntamiento ha de dar ejemplo destinando fondos suficientes. Buena ocasión, esta, para recitar a los concejales los versos de Baudelaire en ‘Les fleures du mal’ que dicen: “Ven, bello gato, a mi alma amorosa; guarda las garras de tu pata”. Pues eso.

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