Helena Resano  Periodista

No lleguemos tarde también a esto

La cantante Chanel, que representará a España en Eurovisión 2022, este domingo.
La cantante Chanel, que representará a España en Eurovisión 2022.
Isra Álvarez

Sin redes los acosos llegaban vía cartas o vía llamadas. Había un teléfono en la mesa de edición de informativos que estaba abierto al público, no hacía falta pasar por centralita, y quien lo conocía no dudaba en marcarlo y desahogarse cada día con lo primero que le viniera a la cabeza. Recuerdo a una espectadora que se ponía de los nervios según el color de la corbata del presentador. Si la llevaba de un color que a ella no le encajaba, marcaba el número y llamaba diciendo barbaridades, con insultos y gritos de por medio. Los que estábamos arriba en la redacción controlando el info en directo cogíamos amablemente el teléfono, aguantábamos el chaparrón y colgábamos.

Cuando empecé a presentar informativos, lunáticos que se creían tocados por Dios y que te querían controlar te enviaban insistentemente cartas a la redacción entre amenazas y acosos. Cuando ya conocías la letra, ni las abrías. Algunos se animaban a enviar flores y yo, siempre, siguiendo el consejo de una buena compañera, las devolvía a la floristería. Alguno, más atrevido, se apostaba a la salida del Pirulí para decirte algo cuando pasabas con el coche. Aquello era más violento, daba incluso miedo y hubo algún episodio desagradable. Los de seguridad siempre estaban atentos para que, en el momento en que tú entrabas o salías, nadie pudiera acercarse.

Ahora acosar es, desgraciadamente, mucho más sencillo: te abres una cuenta anónima, pones una imagen absurda como perfil y hala, a soltar lo que te venga en gana. Da igual el motivo: el objetivo es insultar, acosar, amenazar. Se dicen auténticas barbaridades en las redes, muchas veces con amenazas de muerte, y es frustrante comprobar cómo poco o nada puedes hacer. Denunciar, sí, y poco más. El tipo o tipa en cuestión se abre otro perfil y a seguir en el punto en el que lo había dejado.

Lo de Chanel es un episodio más del lodazal en el que se han convertido en algunas ocasiones las redes. Cada vez da más pereza abrir la pestaña de notificaciones porque en contadas ocasiones aportan algo los comentarios que ahí llegan. La mayoría son bots, otros tantos trolls escondidos en el anonimato. Valientes que son incapaces de, en su vida real, reproducir las barbaridades que cuelgan en las redes.

Chanel ha pedido cordura: ha recordado que tras cada pantalla hay una persona, vulnerable, a la que esa avalancha de críticas puede hacer daño, puede perjudicar su salud mental. En algún momento habrá que tomar medidas, controlar y sancionar este tipo de comentarios. La mayoría es gente muy frustrada con su vida que solo encuentra placer en emplearse a fondo en su peor versión: la de no aportar nada y vomitar todo el odio que lleva dentro. No hay que esperar a que esto vaya a peor para actuar. No lleguemos tarde a esto también.

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