El periodismo, el Congreso de los Diputados y los salones de té

Panorámica del hemiciclo del Congreso de los Diputados, durante el acto conmemorativo del 40 Aniversario de la Constitución Española.
Panorámica del hemiciclo del Congreso de los Diputados.
Wikipedia / Ministerio de la Presidencia

En estos días se discute con vehemencia y palabras gruesas sobre el escrito firmado por los responsables de prensa de doce grupos políticos del Congreso de los Diputados en el que se insta a la Secretaría general de la Cámara a tomar medidas para garantizar el buen funcionamiento de las ruedas de prensa en el Parlamento después de que se hayan vivido encontronazos notorios entre algunos periodistas y diputados con supuestas faltas de respeto de estos primeros a estos segundos.

Vamos primero a los hechos: sí es cierto que se han registrado situaciones desagradables y sí es real que hay periodistas que confunden el ejercicio del periodismo con una suerte de activismo político que antepone la propaganda a la información y que admite que en esta guerra mediático-política, fruto de la polarización más extrema, vale todo, incluidos en ese todo los bulos, las falsedades, las infamias y una peligrosa deshumanización del adversario.

Pero no perdamos la perspectiva de estos mismos hechos. En los casos que se describen, los periodistas han interpelado a sus señorías sobre asuntos de interés público y han sido éstas quienes han decidido no responderles por ser supuestos agentes de la ultraderecha que no sólo no se merecen una contestación, sino que casi que se merecen una orden de alejamiento del Congreso de los Diputados.

Ni el periodismo es una variante del yoga ni el Congreso es un salón de té

¿Que el tono de las preguntas ha molestado a algunos políticos y, quizás, a algunos compañeros de pupitre de las salas de prensa? Pues sí, pero y qué. Ni el periodismo es una variante del yoga ni el Congreso es un salón de té. Allí se va a discutir, a confrontar y, en el caso de los periodistas, a hacer preguntas incómodas. Con educación, pero también con una libertad que es un derecho hasta de quienes no comulgan con nuestra manera de pensar.

Como en tantas otras ocasiones, asistimos aquí a una ruptura de las reglas del juego de las relaciones del periodismo y la política que nos tendría que alertar de la deriva que estamos viviendo en los últimos años, una deriva, por cierto, que implica por igual a gran parte de los partidos de nuestro arco parlamentario.

Los políticos, sean quienes sean, se merecen el respeto de quienes les preguntan, pero no son depositarios de un poder notarial que les permite ir repartiendo carnés de buenos o malos periodistas o para decidir quién puede o no participar en una rueda de prensa en el Congreso de los Diputados o en cualquier otra cámara de representación.

Si se permite, sean quienes sean en este caso los periodistas y los medios perjudicados, se subvierte un principio elemental del Estado de Derecho que conduce a una deriva impropia de una democracia liberal. Y no estamos como para dejar que se siga erosionando la confianza de los ciudadanos en la naturaleza democrática de nuestras instituciones ahora que el virus iliberal ha irrumpido con tanta fuerza en el continente.

A pesar de lo que sostengan los profetas del apocalipsis periodístico que anhelan un mundo sin medios de comunicación que intermedien entre la sociedad y sus representantes públicos, la prensa sigue teniendo un papel central que debemos cuidar si creemos que no hay democracias robustas sin un periodismo que se siga vistiendo por los pies. Y no se defiende este derecho, que es el de los ciudadanos, queriendo expulsar a los periodistas del templo de los mercaderes de la democracia.

¿Qué nos está ocurriendo para que pasen estas cosas y nos parezca hasta normal que se hagan ruedas de prensa sin preguntas, con un plasma de por medio o decidiendo quién puede o no puede ir a una sala de prensa? Pues que, como gremio, vivimos un momento de extrema debilidad que nos convierte en presa fácil de los depredadores más poderosos.

Estamos ejerciendo el periodismo en medio de una disrupción de nuestros modelos de negocio que ha debilitado nuestras estructuras periodísticas y nuestra capacidad de protegernos de los ataques de quienes entienden que los medios de comunicación sólo sirven si se postulan acríticamente a favor de sus intereses ideológicos. Y de ésta sólo nos sacará el compromiso cada vez mayor de los ciudadanos con unos medios de comunicación que siguen ejerciendo un papel esencial para que las democracias puedan seguir teniendo el apellido de parlamentarias.

No trato de hacer un ejercicio de corporativismo. Hay presuntos periodistas que disimulan su militancia más sectaria con el disfraz de redactores de medios presuntamente independientes. Pero son una minoría. La mayoría de las mujeres y hombres de la tribu periodística intentan hacer su trabajo de la mejor forma posible en medio de unas condiciones que, en demasiadas ocasiones, no son las mejores para el ejercicio de este oficio. Y lo último que necesitan es que los jefes de prensa de una docena de partidos políticos decidan quién puede preguntar y quién no y quién puede hasta ir o no ir a una casa que se supone que es la de todos.

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