Viernes negro europeo

Un británico anti-brexit, el día de la salida del Reino Unido.
Un británico anti-brexit, el día de la salida del Reino Unido.
EFE

La demagogia y la xenofobia y la eurofobia han triunfado: el viernes, la Unión Europea perdió a uno de sus miembros. El Reino Unido era un socio engorroso, eso lo sabemos todos, pero era un miembro si no necesario, al menos sí conveniente. La unidad es una manera imprescindible de sobrevivir a nuestro tiempo. Hay quienes lo ignoran, ni se detienen a pensarlo, pero por fortuna son los menos.

Los movimientos de integración y fusión entre los ciudadanos y los países cada vez son más fuertes. Nunca faltan, ya digo, fanáticos de su nacionalismo que se niegan a mirar al futuro. Pero las iniciativas para crear organizaciones supranacionales no desisten. Quien más quien menos se va mentalizando de que es la mejor forma de sobrevivir a retos tan difíciles como el cambio climático o acompasar a las nuevas tecnologías.

Algunos británicos, no todos, pero los suficientes, han conseguido imponer su orgullo fundamentalista al bien de sus conciudadanos y hace tres días lograron lo que ansiaban: volver a aislarse para poder seguir contemplando a sus vecinos del continente como ciudadanos de segunda. El pasado 31 fue un viernes negro para la UE, para los europeístas y, lo peor, para quienes creemos que la unión hace la fuerza.

El ya tristemente brexitha venido dando tumbos y sobresaltos, ha puesto a la política británica al borde del caos, pero ha triunfado. Queda la convicción de que con él no se acabará el mundo ni se hundirá la esperanza. Por el contrario; una UE a veintisiete, libre de la arena inglesa en sus engranajes, podrá seguir profundizando en su integración con mayor facilidad.

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