La embajadora sin patria

Una persona ondea una bandera de Afganistán frente a la Casa Blanca.
Una persona ondea una bandera de Afganistán frente a la Casa Blanca.
EP

En un edificio sin número de la avenida Wyoming de Washington ondea desde las primeras horas de cada mañana la penúltima bandera de Afganistán, el país que más veces ha cambiado los símbolos y colores de su enseña nacional. En Kabul ya no existe, está prohibida, pero en la capital norteamericana la embajadora, Adela Raz, resiste con cuatro o cinco empleados fieles y mantiene abierta la sede en la mayor soledad diplomática que se pueda imaginar.

No hay dinero para pagar los gastos de luz ni menos aún los salarios de los funcionarios. Mientras en su país ondea la bandera blanca de los talibanes y las mujeres son expulsadas de los empleos públicos para ser recluidas por decreto en sus casas, y las relaciones con los Estados Unidos solo existen en un recuerdo diariamente vituperado por el Gobierno de Afganistán con el que no mantiene ningún contacto, Adela se incorpora a su despacho muy temprano y resiste ante su mesa de trabajo varias horas agobiada por el vacío.

Considera que es su obligación intentar defender los derechos de las mujeres afganas y de ayudar en lo posible a los refugiados que han tenido que escapar de la represión que se les venía encima desde que las tropas norteamericanas abandonaron el territorio y los talibanes se hicieron con el poder. Fue una desgracia para muchos millones de afganos, pero ella no recrimina a los que durante dos décadas tanto contribuyeron a mejorar las libertades y condiciones de vida en su país.

The New York Times contó que estos días atrás incluso organizó una modesta cena en la Embajada con algunas personalidades militares y civiles a quienes deseaba expresarles el agradecimiento. Asistió una representación de los refugiados y el coronel Abdul Barakzai, todavía agregado militar sin mando, recordó en un discurso a los que dejaron sus vidas por defenderles contra la amenaza que ahora se cierne sobre los afganos. “Se han adueñado del país y pretenden dejarnos sin patria, pero la patria se mantiene y esta cena es una prueba”.

Fue una cena frugal, con platos de la cocina típica afgana y un servicio muy modesto pero digno. La propia embajadora puso la mesa, colocó los nombres de los comensales con arreglo al protocolo y al final recogió los cubiertos. A pesar de su juventud e inexperiencia, en todo momento demostró serenidad, simpatía y corrección diplomática. Alguno de los invitados comentó que había sido una cena cordial y con un ambiente cordial, respetuoso y emotivo, sobre todo tratándose de una Embajada ni siquiera virtual.

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