Carmelo Encinas  Asesor editorial de '20minutos'

Johnson y Trump en la hoguera

El primer ministro británico, Boris Johnson, junto con el expresidente estadounidense Donald Trump.
El primer ministro británico, Boris Johnson, junto con el expresidente estadounidense Donald Trump.
Michael Kappeler / DPA / EP

Aquel tipo que asaltó el Capitolio disfrazado de bisonte, al menos, reconoció que su proceder fue indefendible. Es verdad que lo dijo ante el jurado que le condenó a tres años y medio de cárcel por darse el capricho de entrar a saco en el sanctasanctórum de la democracia norteamericana con la delirante intención de que Donald Trump siguiera mandando a pesar de su derrota en las urnas. Desde que Trump salió del despacho oval, sus abogados no paran de trabajar en distintos frentes. El pasado 10 de diciembre un tribunal federal falló en contra del expresidente en su intento por evitar la entrega de documentos de La Casa Blanca que pueden comprometerle en lo relativo a aquel ataque que, además de pisotear la dignidad de la nación, causó cinco víctimas mortales.

Trump habló más de una hora con sus fanáticos seguidores antes de que asaltaran la Cámara de Representantes y no parece muy razonable que el bisonte y cuatro tarados como él sean los únicos que paguen la fiesta y el incitador siga dando charlas sobre patriotismo libre como el viento. El del Capitolio no es el único marrón con la Justicia que ha de afrontar el equipo de leguleyos del expresidente; el 7 de enero está citado por el fiscal del estado de Nueva York por el presunto fraude fiscal en su conglomerado de empresas.

Nada de lo que le sucede a Donald Trump le es ajeno a Boris Johnson, quien le tuvo como su gran referente político poniendo en práctica el populismo trumpista hasta ejercer de hijo putativo al otro lado del Atlántico. Ahora a Johnson le llueven los problemas propios de quien gobierna a golpe de soflama demagógica. En apenas dos años ha derrochado el enorme capital electoral cosechado en las urnas y sobre todo la gran popularidad que su histriónica heterodoxia le había proporcionado. Quien salía ileso de todas las crisis como si tuviera una estrella en el trasero, quien se mantuvo en pie tras errores de bulto como su negacionismo inicial de la pandemia o su desastrosa gestión del brexit, ahora ve crecer un metro a sus enanos.

"Tal y como ocurrió en EEUU con Trump, el Reino Unido empieza a avergonzarse de tener a Boris Johnson en Downing Street"

El suyo es un clásico de la estupidez de los humanos que se creen tocados por la mano de Dios. Su alta consideración de sí mismos les conduce a incurrir en faltas de apariencia menor pero capaces de descalificarles hasta hundir en la miseria su imagen pública. Eso es lo que aconteció con las mentiras sobre el dinero gastado en la decoración de su apartamento oficial y sobre todo con las fiestas prohibidas de Downing Street.

El rosario de falsedades es brutal y la prensa británica no deja de meter el dedo en una herida que le hace sangrar a borbotones ante la opinión pública. Allí, en la residencia del primer ministro, se celebraron fiestas durante la etapa dura del confinamiento cuando su Gobierno prohibía a los ciudadanos acompañar a sus muertos para evitar los contagios. Mientras Johnson balbuceaba disculpas, Allegra Stratton, su asesora de comunicación, dimitía entre sollozos tras la emisión del vídeo en que el equipo de prensa del premier británico se partía la caja a risotadas por las fiestas. Nada que pueda soportar la ciudadanía más indulgente.

El resultado es la rebelión del martes en Westminster de los diputados conservadores, el que las encuestas, por vez primera desde los tiempos de Tony Blair, dan al laborismo muy por delante de los conservadores, que casi el 70% de los británicos cree que Johnson miente y, en definitiva, que su popularidad se abrasa en la hoguera.

Tal y como ocurrió en Estados Unidos con Trump, el Reino Unido empieza a avergonzarse de tener a alguien como Boris Johnson alojado en Downing Street.

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