Estado de bienestar o barbarie

Alejandra Jacinto  Abogada y politóloga
Sanitarios de una ambulancia trasladan a un enfermo con coronavirus al hospital vizcaíno de Cruces.
Sanitarios de una ambulancia.
LUIS TEJIDO / EFE

Hemos tenido que esperar a que se produzca esta tragedia para que se evidencien las nefastas consecuencias del deterioro de los servicios públicos en comunidades autonómas como Madrid, azotadas desde hace más de una década por las políticas neoliberales de recortes y austeridad.

La sanidad pública española está en el punto de mira. Por un lado demostrando diariamente estar a la altura de la situación recibiendo aplausos de agradecimiento cada día, por otro enfrentándose a graves dificultades, en particular a la falta de recursos materiales y humanos como consecuencia directa de la política de recortes. 

España es el cuarto país que mas ha recortado en Sanidad, solo por detrás de países como Portugal, Grecia o Islandia en los últimos diez años, y ese hecho que, a priori puede pasar inadvertido en nuestro día a día, en situaciones de emergencia sanitaria como la que estamos viviendo se nota, y mucho.

La primera reflexión clara es que la sanidad, no puede estar sometida a las reglas del mercado ni a disposición de los balances económicos de quien la entiende como si fuera una fábrica de coches.

La segunda, es que si algo debemos sacar en claro después de esta crisis es que necesitamos un estado de bienestar suficientemente fuerte y dotado como para que, nunca jamás, se tenga que enfrentar a las dificultades a las que ahora se está sometiendo.

Frente a esta última reflexión, habrá quien nos quiera hacer creer que todo funciona y lo hace gracias a la “colaboración público-privada” de “altruistas” empresas que donan medios materiales y económicos al sistema. 

No nos olvidemos que este tipo de artimañas han servido precisamente para justificar políticas de privatización, responsables a día de hoy de la ausencia de camas o personal sanitario. Y yo, ¿qué queréis que os diga? Prefiero estar en manos del estado de bienestar que al albur de los favores que pueda o no hacer la multinacional de turno.

En definitiva, en situaciones como esta se vislumbra con claridad que solo unos servicios públicos sólidos y solventes pueden hacer frente a momentos críticos como el que estamos viviendo. Si no queremos volver a vivir esta barbarie, nos toca cuidar(nos) y defender nuestros sistemas de bienestar cómo únicos garantes de una vida digna.

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