<p>David Rojo</p>"Lo peor de los pobres es que no pueden dar dinero". Si los economistas hubiesen atendido estas precisas y, teóricamente, humorísticas palabras de Ramón Gómez de la Serna, tal vez la situación fuese otra. Tal vez, el paro, la liquidez y el PIB, esos conceptos de los que sólo se habla cuando las cosas van mal, no llenarían los informativos ni las páginas de los periódicos.

Al margen de la ironía, esta greguería tan de sentido común plasma a la perfección la espiral negativa que se genera en una crisis como la actual, la primera desde la instauración del euro, en 2002: cuando las cosas comienzan a ir mal, el miedo se instala en la sociedad, la gente deja de consumir y opta por el ahorro, con lo que los comercios y los fabricantes facturan menos y se inclinan por los recortes y despiden gente, trabajadores que se quedan en el paro y que gastan aún menos, y vuelta a empezar. Así es como se empobrece una sociedad; así es como actúa una recesión.

Desde hace casi dos años ése es el panorama en España. En este tiempo se ha duplicado largamente la cifra de parados (de 1,9 millones en 2007 a 4,3 en 2009). También ha habido otros síntomas –descenso del PIB, incremento de la morosidad, un déficit público disparado, etc.–, pero el empleo, que continuará a la baja durante todo este año aunque ya haya síntomas de recuperación, es el más preocupante. España ronda el 20% de paro, el doble que la UE. ¿Por qué?

Hay muchos factores involucrados, pero el dedo acusador de la sociedad ha elegido que el culpable es el sector inmobiliario. Razones no faltan: los precios crecieron a un ritmo vertiginoso, la moneda común era del color negro de la economía sumergida y la avaricia construyó en 2005 tantas casas como en Alemania, Francia y el Reino Unido juntos.

El ladrillazo logró que la sociedad se engañase y se creyese su propio cuento, feliz y sin final Pero tampoco se puede olvidar que, durante años, los gobiernos de uno y otro signo dejaron hacer ante la evidencia de que cada nueva promoción suponía otro empujoncito para el PIB y un puñado más de cotizantes a la Seguridad Social. Los políticos locales y regionales se dejaban querer por el cariñoso dinero y estampaban su firma en los proyectos sin más miramiento que el de su propio bolsillo. Los ciudadanos colaboraron en el dislate al poner sus ahorritos a crecer en el rentable negocio del ladrillo, refugio especulativo para grandes, medianos y pequeños: siempre había un piso ajustado a las posibilidades del codicioso inversor. Los bancos también se involucraron para obrar el milagro de la multiplicación de los tabiques y el hormigón: promotores y compradores pasaban por ventanilla y no había urbanización que no se pudiese hacer ni piso demasiado caro. La sociedad se engañó y se creyó su propio cuento, feliz y sin final.

El otro gran sector de la economía española son los servicios, dependientes del turismo y de la demanda interna. A base de un endeudamiento muy superior a los países del entorno, los españoles consumían llenos de optimismo. Y además los extranjeros seguían llegando a dejar aquí sus divisas: en 2002 se marcó un récord de turistas foráneos, que siguió batiéndose año tras año hasta 2008.

Una burbuja inmobiliaria en origen no muy diferente a la española puede amenazar a todo el sistema financiero internacional si se produce en EE UU Pero todo tiene un final, y ese año la burbuja empezó a deshincharse por sus propios excesos, y el stock de viviendas a la venta se disparó hasta superar el millón. El consumo interno, siempre tan dependiente de los estados de ánimo, comenzó a frenarse al mismo ritmo que bajaba el endeudamiento y crecía el ahorro. Y el turismo tocó techo porque la crisis global retraía a los extranjeros de hacer ciertos gastos, en particular a los ingleses, que son el colectivo más numeroso y que además padecían la debilidad de la libra frente al euro. En resumen: un sector clave colapsado y otros dos muy tocados. Si se suma que los tres padecen las dolencias crónicas del mercado laboral español (temporalidad, baja cualificación, precariedad, etc.), el resultado es el ya conocido, con la injusticia añadida de que, de vuelta al suelo, a algunos les ha quedado una hipoteca a 40 años y a otros una cuenta de 40 millones en las islas Caimán.

Cuestión de tamaños. Una burbuja inmobiliaria en origen no muy diferente a la española puede amenazar a todo el sistema financiero internacional si se produce en EE UU. Lo que allí pasó es que durante los buenos tiempos de la construcción hubo quien quiso sacarle aún más tajada al ya de por sí lucrativo negocio. Se concedieron hipotecas a quienes se sabía, a ciencia cierta, que no podrían pagarlas a poco que la cosa se torciese. Puede parecer un plan un tanto suicida, pero el financiero actual, a diferencia del estereotipo clásico del contable, tiene mucha imaginación: se coge un puñado de hipotecas (buenas, regulares y malas) y se hace un puré que se envasa en paquetes. Luego se venden y, como nadie sabe exactamente con qué se ha hecho el puré, no hay problema. Pero sucede que las hipotecas malas, las concedidas a los insolventes, estropean todo el plato y al final le amargan la comida al comprador (otros bancos y compañías de inversión). Así que todos, dentro y fuera de EE UU, se contagiaron de la enfermedad y lo descubrieron de repente en el verano de 2007.

Que la ética impere en la banca. Que hagan lo que deben: dar dinero y no hacernos pobres Lo que pasó después es que las pérdidas se multiplicaron y las entidades empezaron a mirarse con la desconfianza que siempre tienen en los ojos para sus clientes. Ante el miedo de que el vecino estuviera infectado se alejaron unas de otras y cerraron el grifo del dinero que acostumbraban a prestarse y, en consecuencia, se lo cerraron también a los clientes, incluidas las pymes, que sostienen la llamada economía real y que aún están encajando el golpe. Alguna entidad financiera se derrumbó y a muchas otras hubo que salvarlas con dinero público. El éxito financiero se convirtió en un sonoro fracaso.

En caliente se habló de "refundar el capitalismo". Ahora ya sólo se habla de poner límites, incrementar los controles, imponer regulaciones y enfrentar los excesos. Que la ética impere en la banca. Que hagan lo que deben: dar dinero y no hacernos pobres.

Cronología de la crisis

2000: Explosión de la burbuja tecnológica en EE UU

Causa: Internet era una moda a la que nunca le faltaba financiación, y al calor del dinero nacieron y crecieron multitud de proyectos y empresas que luego no tenían viabilidad.

Consecuencia: Ante la caída de la economía financiera se rebajó al mínimo el precio del dinero en EE UU. Se sentaron las bases para el sobreendeudamiento hipotecario de los años siguientes.

Julio de 2007: La afiliación más alta a la Seguridad Social en España

Causa: Los años de crecimiento (1997-2007), basado sobre todo en el ladrillo, permitieron reducir enormemente el paro. Se alcanzó un récord de cotizantes: 19,5 millones de personas.

Consecuencia: El sector inmobiliario, igual que dio empleo, lo quita. Su colapso se sigue notando, dos años después, en la destrucción de empleo. A final de 2009 había 4,3 millones de parados.

Agosto de 2007: Crisis de las hipotecas basura en EE UU

Causa: Durante años, la inversión que huyó de las ‘punto com’ se dirigió a los inmuebles. Se habían concedido hipotecas de alto riesgo, es decir, a ciudadanos de poca solvencia.

Consecuencia: A través del troceo y empaquetado de esta deuda, la inestabilidad se trasladó al corazón del sistema financiero, que era quien la compraba. Empezaron las turbulencias.

Sept. 2008: Quiebra de Lehman Brothers

Causa: Arrastrada por la crisis hipotecaria, la firma presenta unas pérdidas que no puede afrontar. Las negociaciones para su intervención pública o su venta fracasan y el día 15 oficializa su quiebra.

Consecuencia: Es el punto culminante y mediático de la debacle. Junto a él, muchos otros gigantes financieros de EE UU se tambalean y el Estado, en esta ocasión, acude a su rescate.

Inicios 2009: Se cierra el grifo del crédito

Causa: Ante los problemas en cadena de todas las entidades, los bancos comienzan a desconfiar unos de otros. El caso de Lehman Brothers demuestra que las quiebras son una amenaza real.

Consecuencia: Los mercados financieros se bloquean y se para la circulación de dinero. La falta de liquidez lleva los problemas a la economía real de todo el planeta, que precisa del crédito para operar.

Febrero de 2010: Las economías arrancan a un ritmo desigual

Causa: Parcheado el problema del crédito con brutales inyecciones de liquidez, algunos países han regresado a la senda del crecimiento, aunque España aún no. La actividad y el consumo reaccionan.

Consecuencia: La teoría no previó con antelación lo que se avecinaba, así que ahora tampoco se pueden dar pronósticos fiables. A medio plazo se tendrán que retirar los estímulos económicos.