El cáncer de la princesa de Gales: la honestidad fortalece la imagen pública de la realeza

La princesa de Gales, Kate Middleton, durante el mensaje en el que ha anunciado que tiene cáncer.
La princesa de Gales, Kate Middleton, durante el mensaje en el que ha anunciado que tiene cáncer.
KENSINGTON PALACE
La princesa de Gales, Kate Middleton, durante el mensaje en el que ha anunciado que tiene cáncer.

La salud y la enfermedad han sido siempre cuestiones de la mayor relevancia y preocupación para la realeza europea, y no hay más que asomarse a la correspondencia personal cruzada entre los miembros de la casa real de España en los siglos XIX y XX para poder apreciarlo. Un caballo de batalla difícil de gestionar tanto en el ámbito privado como en el público y oficial, pues ya de 1885 la muerte por tuberculosis de Alfonso XII fue ocultada al público durante 24 horas, para poder gestionar un fallecimiento que supuso una gran crisis institucional, una regencia y fue toda una tragedia para los Borbones de España.

Ocultar o enmascarar las enfermedades de reyes, reinas y príncipes herederos fue siempre la forma más fácil de proteger a las familias reinantes en momentos de particular fragilidad, pues históricamente la falta de salud siempre puso en jaque la continuidad de las dinastías y fue temida como la posible antesala de la muerte de los soberanos con sus secuelas de inestabilidad, regencias no deseadas o acceso al trono de príncipes excesivamente jóvenes y maleables. Entonces como ahora el manejo de la información era de gran importancia, pero si en tiempos pretéritos las noticias circulaban a un ritmo lento, en la actualidad se impone una gestión distinta que impida la circulación de rumores y bulos a velocidad vertiginosa. Una lección bien aprendida por la casa real británica, cuya valentía es de aplaudir con la reciente declaración de la princesa de Gales en torno a su cáncer, que coincide con el cáncer de próstata de su suegro, el rey Carlos III. Una actitud y una forma de abordar la realidad que, lejos de fragilizar la imagen pública de los Windsor, la fortalece por animar no a la crítica sino a la compasión, tras un silencio que, tendente a evitar el efecto de los medios sobre los hijos todavía pequeños de los príncipes, empeoraba las cosas por el gran temor de la realeza actual a las especulaciones sin fundamento.

A pesar del oscurantismo que siempre lo ha envuelto, el cáncer no es algo nuevo para la realeza, que ha sido golpeada por él a lo largo de la historia en personajes como la emperatriz Victoria de Alemania, su hija la reina Sofía de Grecia, su nieto el rey Pablo de Grecia (padre de la reina emérita de España), o el príncipe británico Arturo de Connaught por solo citar algunos casos conocidos. Muchos afectados a los que en fechas más recientes se han ido sumando, de forma casi epidémica como en tantas familias, muchos rostros conocidos. En 1999 se llevó al todavía joven rey Hussein de Jordania, seguido en 2004 por sir Angus Ogilvy (esposo de la princesa Alejandra de Kent), en 2005 por la gran duquesa Josefina Carlota de Luxemburgo, en 2016 el rey Miguel de Rumanía, y en 2019 la princesa Cristina de los Países Bajos (cáncer óseo) y la infanta doña Pilar.

Otros muchos lo han padecido y lo padecen llevando adelante su batalla personal. Ahí están los casos de la princesa Cristina de Suecia (operada de cáncer de pecho en 2010 y con tratamiento de quimio y radioterapia); el príncipe Bernardo de Orange-Nassau, primo del rey de los Países Bajos y afectado por un cáncer linfático en 2013; la emperatriz Michiko del Japón, operada a los 84 años de un cáncer de pecho en 2019; el rey Harald de Noruega, de salud muy frágil, que en 2003 pasó por un cáncer de vejiga urinaria; la princesa Claire de Bélgica, que en 2023 anunciaba haber vencido a la enfermedad; o el príncipe Alejandro de Serbia que recientemente, y en muestra de apoyo a su primo británico, declaró haber pasado por un cáncer de próstata. Un caso que se asemeja particularmente al de la princesa de Gales es el de la princesa heredera Sofía de Liechtenstein, nacida duquesa en Baviera y esposa del príncipe Alois, quien tras el nacimiento de su cuarto hijo, el príncipe Nicolás, fue operada de un tumor cerebral del que no se informó hasta su completa recuperación en 2003.

En el caso de la casa real británica, no solamente la princesa de Gales o Carlos III se enfrentan a un cáncer, porque este ya ha tocado al príncipe Miguel de Kent (un cáncer de próstata) y a Sarah Ferguson, quien en 2023 pasó por una mastectomía fruto de un cáncer precoz y que, en enero de este año, anunciaba padecer un cáncer de piel. Una monarquía, la británica, que a lo largo del siglo XIX se vio acosada por el temor a ciertas patologías graves como la porfiria, manifestada por primera vez en el rey "loco" Jorge III y que, por su naturaleza hereditaria, algunos detectaron en descendientes suyos como la princesa Carlota de Prusia, su hija la peculiar princesa Feodora de Sajonia-Meiningen, o el príncipe Guillermo de Gloucester. Sin olvidar el temido estigma de la hemofilia, que golpeó con fuerza las casas reales de Gran Bretaña, España, Prusia, a la familia imperial rusa y a los grandes duques de Hesse y del Rin. Un mal sujeto a un enorme secretismo, particularmente en las cortes de Madrid y de San Petersburgo, en las que condicionó fuertemente el devenir de ambas dinastías.

La preocupación es grande y, por ello, en las dos últimas décadas hemos visto como reyes, reinas y príncipes y princesas de todas las casas reinantes han desplegado una gran actividad en la lucha contra el cáncer. Una causa en la que destaca particularmente doña Letizia, entregada a continuas actividades en el fomento de la investigación y del apoyo a los enfermos. Acciones que han contribuido mucho a la sensibilización y a la normalización de un mal muy temido y que, con la valiente comunicación pública de la princesa de Gales (en estos momentos pienso también en todos aquellos cuyas vidas se han visto afectadas por el cáncer) animan al apoyo y a la compasión, al tiempo que suponen un muy necesario ejercicio y ejemplo de honestidad y de transparencia.

Escritor

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Barcelona, en Psicología por la Universitat Oberta de Catalunya, y en Traducción e Interpretación por la Universidad Pompeu Fabra. Es autor en solitario de once libros, sobre realeza y nobleza europea, y de otros cinco en colaboración, articulista en publicaciones como National Geographic y en medios de prensa escrita y digital dentro y fuera de España, e interesado en el estudio de las élites de poder a lo largo de la historia, además de profesional de la psicoterapia.

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