Juan Luis Saldaña Periodista y escritor
OPINIÓN

La democracia está en juego

Hay jugadores que no quieren caer en la casilla de la cárcel.
Hay jugadores que no quieren caer en la casilla de la cárcel.
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Hay jugadores que no quieren caer en la casilla de la cárcel.

Seguro que han jugado al Monopoly o a algún juego de mesa parecido. Según avanza la partida, siempre hay alguien que comienza a cansarse y que propone algún negocio turbio a otro jugador o tiene alguna iniciativa propia como la de repartir algunos billetes de la banca para todos para que la partida sea más fluida o divertida, perdonar cartas de castigo o volver a tirar el dado para evitar la casilla de la cárcel. Si el resto de jugadores se muestra inflexible, aquello se mantiene hasta el final, pero si alguno cede, el juego se corrompe y comienza un declive rápido.

Nuestra democracia es como el Monopoly. Tiene unas normas que siempre están sujetas a interpretación y unos jugadores que quieren ganar la partida. La pregunta fundamental que deberíamos hacernos es la siguiente: Si unos juegan sucio y estiran las normas para lograr un beneficio temporal, ¿Qué pasará cuando manden los otros? ¿Aprovecharán este precedente en su beneficio? ¿Qué creen ustedes?

La calidad de nuestra democracia se está debilitando de un modo evidente. Los políticos que están sentados en el Congreso trabajan para los partidos, no para el ciudadano. El Senado no sirve para nada, es un cementerio de elefantes en el que se reúnen algunos ilustres para encarrilar la jubilación. El presidente en funciones ha declarado hace unos días que defiende la amnistía porque es el único modo de que haya un gobierno, es decir, para seguir en el poder. El fin justifica los medios y los medios suponen tragar y estirar el chicle normativo hasta límites que rozan lo ético.

Parece ya irreversible el hecho de que la independencia judicial está cada vez más lejos de ser real.

El Poder Judicial se queja amargamente en una declaración institucional que todos deberíamos leer en la que se manifiesta abiertamente que la separación de poderes corre auténtico peligro. El ejecutivo utiliza el legislativo como arma para imponer su voluntad y seguir al mando. Algunas leyes no protegen lo suficiente a los jueces y, esto es lo más duro, parece ya irreversible el hecho de que la independencia judicial está cada vez más lejos de ser real.

Los políticos se han empeñado en etiquetar a los jueces y lo han logrado. Es más, han metido a muchos militantes y altos cargos en puestos de relevancia en la carrera judicial. Los jueces no han sido capaces de articular ni de demostrar su independencia, no se han quitado la etiqueta públicamente y algunos, lejos de eso, se han sentido cómodos cumpliendo su misión partidista. La prensa cada vez tiene menos remilgos en señalar la presunta ideología de cada juez que aparece en escena y las mayorías y minorías ideológicas en los altos órganos colegiados son ya asumidas por todos.

El presidente del Gobierno se siente muy capaz de adelantar lo que hará la fiscalía y de aventurar lo que dirá el Tribunal Constitucional, que no es parte del Poder Judicial, pero debería ser un ejemplo de independencia y distancia con la clase política. Nada de eso. Y por si fuera poco, la famosa ley que se está cocinando consagra la desigualdad entre políticos y ciudadanos y una escandalosa asimetría autonómica, regala la impunidad a delincuentes a cambio de votos y desprecia sentencias firmes del Tribunal Supremo. Sí, señoras y señores, la democracia española se resiente y la excusa de que no gobierne la derecha con la extrema derecha no debería ser suficiente para hacer tantas trampas y jugar tan sucio porque después, puede pasar lo mismo por el otro lado del tablero.

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