Este fue el gran error de Darwin que todavía hoy confunde a muchos

Estatua de Charles Darwin en el Museo de Historia Natural de Londres.
Estatua de Charles Darwin en el Museo de Historia Natural de Londres.
CGP Grey / Wikipedia
Estatua de Charles Darwin en el Museo de Historia Natural de Londres.

Contábamos aquí hace unos días que una de las ideas más conocidas de la biología es a la vez una de las peor entendidas: todo el mundo ha oído hablar de la evolución, pero los dos conceptos que primero vienen a la mente de muchos, que la descubrió Darwin y que su hallazgo consistió en descubrir que venimos del mono, son falsos. Pero curiosamente, y es difícil saber por qué, incluso en cursos de biología ya algo más avanzados y en personas con una cierta formación científica también es habitual encontrar otro error: pensar que la evolución de Darwin se opuso a, y refutó, la herencia de los caracteres adquiridos propuesta por el francés Lamarck.

Jean-Baptiste Lamarck fue uno de los pioneros de la evolución antes de Darwin; había fallecido tres decenios antes de que el inglés publicara su obra más influyente, El origen de las especies. Si en tiempos de Darwin la idea de la evolución ya estaba muy extendida entre los científicos, era en buena parte gracias a Lamarck, autor de la primera gran teoría científica compleja según la cual todas las especies descendían de otras, incluidos los humanos.

Pero hay que decir que la historia no le ha hecho justicia a Lamarck. A los estudiantes de ciencias se les enseña el nombre de Lamarck como el del tipo que cometió un error monumental, incluso estúpido: la herencia de los caracteres adquiridos por el uso o el desuso. Es decir, que una jirafa tiene cuello de jirafa porque sus antepasados empezaron a estirarlo para alcanzar las ramas altas. O que un herrero, que se pasa el día atizando tochos de metal con un martillo, tendrá hijos más musculosos que otra persona. Ambos fueron ejemplos citados por Lamarck.

La herencia de los caracteres adquiridos no fue una ocurrencia de Lamarck, sino lo que se creía entonces

Pero ocurre, primero, que realmente esto solo ocupó una pequeña parte del trabajo de Lamarck, y sin embargo solo se le recuerda por esto. Pero segundo, y sobre todo, que la herencia de los caracteres adquiridos no fue una ocurrencia suya. Era lo que se creía por entonces. Si hubiera que culpar a alguien por esta idea, en todo caso debería ser al primero que la propuso. Pero Hipócrates, que fue él, ya hizo infinitamente más de lo que cualquiera habría logrado con el conocimiento que se tenía 400 años antes de Cristo.

Y más allá de la deformación histórica de la figura de Lamarck, otro gran error es creer que Darwin, el bueno, refutó esta idea estúpida de Lamarck, el malo, mostrando en su lugar que las variaciones en las especies aparecían por simple azar y se perpetuaban por selección natural. Y aunque esto último es cierto, no lo es ni mucho menos que Darwin negara a Lamarck. Darwin también creía en la herencia de los caracteres adquiridos, porque no tenía pruebas para descartarla. Solo que él defendía la variación azarosa y la selección natural como el principal motor de la evolución.

Las "gémulas" de la herencia

Un párrafo de El origen a menudo citado es en el que Darwin explica que las castas de insectos estériles no pueden haber desarrollado sus adaptaciones por uso y desuso para legarlas a la descendencia, dado que son estériles. Aquí defiende que la selección natural sí las explica, mientras que la hipótesis de Lamarck no lo hace. Pero esto no significa que Darwin negara a Lamarck en su totalidad; lo que él pretendía era defender la validez de su teoría para explicar casos que no podían explicarse de otra manera, frente a la inercia lamarckista de su época.

Pero hasta tal punto Darwin creía en la herencia de los caracteres adquiridos que inventó una hipótesis para explicarla: la pangénesis. En tiempos de Darwin aún no se conocían los genes, por lo que era un misterio cómo las variaciones en una especie se transmitían a la descendencia. En su libro The Variation of Animals and Plants Under Domestication, publicado nueve años después de El origen, propuso que las células del cuerpo producían unas "gémulas", una especie de partículas con información que se reunían en los gametos para pasar esa información a la descendencia. Y en esa información cabían los caracteres adquiridos.

Es decir, que un antepasado de la jirafa, al estirar un poco el cuello, habría producido gémulas de estiramiento en las células de su cuello, las cuales viajarían hasta sus espermatozoides u óvulos para hacer que sus hijos nacieran con el cuello un poco más largo.

Darwin estaba contento con su idea de las gémulas de la herencia porque lo explicaba todo, pero temía que fuera un disparate

De hecho, Darwin estaba tan contento con su idea de la pangénesis que escribió a sus amigos contándoles lo satisfecho que estaba de cómo esto lo explicaba todo, pero al mismo tiempo les pidió su opinión antes de publicarla por si a ellos les parecía un disparate. Finalmente la publicó. Y era un disparate.

Francis Galton, primo de Darwin, hizo unos experimentos con transfusiones de sangre entre conejos para demostrar que la pangénesis era cierta, y que los rasgos de una variedad podían transmitirse a otra de esta forma. Pero lo que hicieron sus experimentos fue refutar la pangénesis, ya que los rasgos de un conejo no se transmitían a otros por la sangre. Darwin respondió en la revista Nature alegando que él nunca había dicho que las gémulas pudieran encontrarse en la sangre. Pero la pangénesis estaba condenada. El redescubrimiento posterior de los experimentos del monje Gregor Mendel con los guisantes permitió descubrir los genes, y cómo estos eran responsables de la transmisión de las variaciones surgidas al azar.

El retorno de Lamarck

Con todo, hubo algo en lo que Darwin sí refutó a Lamarck, y fue algo muy importante. El francés defendía una escalera de progreso en la naturaleza, la idea de que las especies iban mejorando y perfeccionándose, haciéndose más complejas, como si la naturaleza tuviera un propósito. Darwin aportó innumerables pruebas de que esta visión era falsa.

Curiosamente, en las últimas décadas el descubrimiento de la epigenética ha servido a algunos para reivindicar a Lamarck. La epigenética consiste en que ciertos factores ambientales, como la alimentación o los contaminantes, dejan unas marcas químicas en los genes que regulan su funcionamiento y que se transmiten a la descendencia.

Por ejemplo, una mala alimentación hace que los hijos nazcan con sus propios genes condicionados por esa mala alimentación de sus padres. Por supuesto, esto no justifica el caso de la jirafa o el del herrero. Pero sí nos enseña que en la ciencia no hay verdades absolutas ni inmutables, que no ocurre que algunos tengan toda la razón, sino muchos solo una parte de la razón, y que el conocimiento se construye entre todos rectificando y reconociendo los propios errores. Grandes lecciones para tiempos oscuros.   

Periodista, escritor, biólogo y doctor en Bioquímica y Biología Molecular

Soy periodista, biólogo y doctor en Bioquímica y Biología Molecular. Antes de dedicarme al periodismo, en los años 90 trabajé en investigación en el Centro Nacional de Biotecnología y publiqué 19 estudios científicos y revisiones. Como periodista de ciencia, fui jefe de sección de Ciencias del diario Público, y entre mis colaboraciones figuran medios como El País/Materia, El Huffington Post, ABC, Efe o BBVA OpenMind, entre otros. En mis ratos libres también intento viajar y escribir sobre viajes. He publicado tres novelas: 'El señor de las llanuras' (Plaza & Janés, 2009), 'Si nunca llego a despertar' (Plaza & Janés, 2011) y 'Tulipanes de Marte' (Plaza & Janés, 2014).

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