Juan Luis Saldaña Periodista y escritor
OPINIÓN

Sintiéndolo mucho rima con cartucho

Joaquín Sabina.
Joaquín Sabina.
Jesús Briones / GTRES
Joaquín Sabina.

Mientras C. Tangana arrastra a Drexler al ripio más básico, mientras el chico canario con voz de cabrero, apellido sacrílego y limitado campo semántico disfruta de unas semanas de éxito al rimar la palabra “una” consigo misma, mientras Rosalía masca chicle y utiliza su gran talento para las letras una de cada tres veces, todavía quedan orfebres de la canción que son además capaces de mostrar cómo lo hacen. Ahí sigue Sabina, dale que te pego, con una película que deja la teoría y se centra en la práctica.

Una vez me dijo Joaquín Carbonell que en los tiempos de la Mandrágora un cantautor no podía presentarse ante el público con un ripio, con una rima facilona. Eso era la vergüenza, la vulgaridad y la falta evidente de talento. Los tiempos han cambiado y, entre otras cosas, nos quieren vender aquello de que el mensaje es el artista o cualquier otra comida rápida en la que la estética y la moda sustituyen a la belleza y la fama y el algodón de azúcar de la popularidad, junto al eco imbécil de las redes, hacen el resto.

Sabina hace canciones que son listas de la compra y tiene tres armarios llenos de frases hechas que cobran otro sentido en sus letras. Sabina hizo voto de obediencia a la rima y no ha salido de ahí, pero la rima, como le dijo una vez a Luis del Val, te lleva a sitios en los que nunca habrías estado. Rimar hoy con gracia y talento sigue siendo transgresor. Dejar que el párrafo o el verso vuelen y fluyan como hace “el Serrat” es, quizá, otra cosa, pero Sabina es Belmonte y Joan Manuel es Joselito.

Sabina aparece también como alguien especialmente dotado para entender la cultura del otro, de comulgar con ella, de entenderla, fluir con ella y llegar a ser, en un conjuro mágico, el otro.

La debilidad del ídolo, la trastienda desordenada, las querencias y los mitos son un punto de partida privilegiado para acercarse a un personaje que se muestra como un ser humano normal con sus gritos, su tos nerviosa, exagerada, molesta, adorablemente maleducada, sus miedos y algunos ataques de divismo de furgoneta. Sabina aparece también como alguien especialmente dotado para entender la cultura del otro, de comulgar con ella, de entenderla, fluir con ella y llegar a ser, en un conjuro mágico, el otro. Ese es su don. Ser más mexicano que los mexicanos, más argentino que los argentinos y más puta que las putas.

León de Aranoa podría haberse quitado del plano como se quita el andamio en una obra que ya se sujeta. Queda el balance de blancos de su cabellera como testigo del paso del tiempo en un documento elaborado y notable que deja un retrato para el recuerdo. La cinta termina con la gestación de la rima de “mucho” con “cartucho”, algo que parece una pequeñez insalvable, pero, una vez más y delante de todos, acaba convertido en magia. Se llama oficio, se llama trabajo, se llama también talento y algunos lo llaman don. Se llama Joaquín. Se llama Sabina. 

Mostrar comentarios

Códigos Descuento