Quireboys y Jayhawks enamoran en Vitoria y el Azkena Rock recupera su esplendor

  • Los ingleses, herederos de The Faces, derrocharon magia y Spike brilló.
  • El mejor grupo de rock americano de la historia reciente entusiasmó.
  • Hanoi Rocks y Lagartija Nick, otros triunfadores.
Mark Olson, cantante y guitarrista de The Jayhawks, durante el concierto. (SILVIA MANZANO)
Mark Olson, cantante y guitarrista de The Jayhawks, durante el concierto. (SILVIA MANZANO)
SILVIA MANZANO

Tras cuatro años de altísimo nivel y un buen puñado de conciertos memorables, el Azkena Rock Festival entró en 2007 en un periodo de penumbra. Su cartel mantuvo la dignidad, especialmente por Two Gallants y Roky Erickson, pero en línas generales bajó el listón considerablemente. El público rockero, con esta cita de Vitoria marcada a fuego en su calendario, temió la posibilidad de que el festival entrara en decadencia.

Pero nada más lejos de la realidad. Last Tour International, la promotora, fue confeccionando durante 2008 un elenco de bandas compensado, coherente y con una suprema calidad. Ninguna formación, a excepción de los Sex Pistols, era impactante en términos de popularidad o repercusión mediática, pero ahí estaban The Jayhawks, Los Lobos o The Quireboys, formaciones con repertorios de primerísimo nivel, o Lagartija Nick, probablemente la banda española más brillante que ha pisado este certamen.

Y precisamente ellos, los autores del colosal Inercia, fueron los encargados de abrir la jornada del jueves. Y su incendario concierto, con protagonismo casi absoluto de ese álbum, fue lo mejor de ese primer día, a bastante distancia del resto. No desentonaron Hayseed Dixie, con sus cachondas versiones de clásicos del rock pasadas por un tamiz country, y Radio Moscow, un joven trío que ejecutó un rock sobrio y elegante bastante competente, pero lo demás no dio mucho más de sí.

Si acaso citar el patético concierto de The Lemonheads, con un Evan Dando al que la arrogancia y el ego le vienen muy grande. Decir que durante la actuación parecía un poste telefónico sería hacerle un favor, y desde luego Ryan Adams y Quique González, también muy criticados en su paso por el Azkena, a su lado parecerían Elvis Presley en Hawaii.

Desbocado Michael Monroe

El viernes, en cambio, no hubo ni un desliz, y sí una exhibición de conciertos. Probablemente el día más deslumbrante de los tres. Los finlandeses Hanoi Rocks fueron los primeros en marcar diferencias, con permiso de Viaje a 800, formación española que brindó un stoner-rock con tintes psicodélicos muy gratificante, eludiendo con mucha clase el tedio al que muchas bandas se abocan cuando juegan a esto.

Pero lo dicho, Hanoi Rocks conquistaron Vitoria. Con un hard-rock potentísimo, con trallazos como Tragedy o Hypermobile y con un Michael Monroe desbocado, moviéndose a veces como Errol Flynn, otras como Almudena Cid, y derrochando un carisma espectacular. Lástima que un Andy McCoy desdibujadísimo no estuviera a su altura. Pese a ello, y pese a que no tocaran mucho del despampanante Street Poetry, daba igual, eran desde ese momento los primeros triunfadores del Azkena. Pero no los últimos. Ese honor fue a parar a los

Quireboys en general, la mejor banda de herencia Stones-Faces de la tierra hoy por hoy, y a Spike en particular, un tipo con un repertorio y un magnetismo que mira de tú a tú sin problemas al legado de Mick Jagger y de Rod Stewart.

Antes, fueron dignas de reseñar las correctísimas actuaciones de los veteranísimos Blue Cheer y Sonics, el potente concierto de Danko Jones y su declaración de amor a la horchata y la notable intervención de los Sex Pistols, con un Steve Jones en estado de gracia con su guitarra y comiéndose a Johnny Rotten, quien pese a tener su gracia cargó en exceso con sus impostados y sobreactuadísimos discursos, a veces más propios de Margaret Tatcher que del punk que en teoría ellos inventaron.

Tras el concierto de una banda tributo a Shanoon Hoon, y que tiene como frontman a un sobresaliente imitador, en lo que sin duda es un meritorio ejercicio de casting, comenzó el concierto más arrebatador de esta edición. The Quireboys demostraron vivir su mejor momento desde comienzos de los 90's, prácticamente desde que grabaron A Little Bit Of What You Fancy, álbum merecedor de estar en cualquier lista que se haga de discos básicos de la historia del rock.

Y el último, Homewreckers y Heartbreakers, no le va la zaga. Y qué manera de defenderlo delante de una audiencia. Spike debe de ser el individuo con más clase emborrachándose desde que murió John Wayne y Tom Waits se apartó de la botella. Su manera de desenvolverse y de manejar a la audiencia con todo el alcohol que llevaba era digna de estudio, los músicos estuvieron inspiradísimos, y canciones como Mona Lisa Smiled o I Don't Love You Anymore, repletas de magia y sentimiento, sonaron a gloria. Unos se fueron a dormir con el corazón encogido. Otros siguieron disfrutando con el Anti-Karaoke de la divertidísima y provocadora Rachel Arieff, que continuará en los próximos meses celebrándose en Barcelona y Madrid, y que también hizo las delicias de los rockeros más desinhibidos al día siguiente.

Guns N' Roses y Neurotic Outsiders

Y quienes no se encogieron, ni por asomo, fueron Greg Dulli y Mark Lanegan al frente de Gutter Twins. Fue el primer concierto convincente del sábado. Antes, Duff, leyenda de Guns N' Roses, sólo sedujo al final, cuando tiró de Guns N' Roses y Neurotic Outsiders, porque sus nuevas canciones no terminaron de arrancar. Pero Lanegan y Dulli sí, desde luego. El primero, tras unos años muy discretos, parece recuperado, y su fantasmagórica voz y tétrica presencia siguen hechizando a los fans. Y Dulli, la elegancia personificada, encaja como un guante a su lado. El concierto, con guiños incluidos a sus pasadas trayectorias, fue cautivador, una vez más.

Pero el recital de emociones continuó en Vitoria, de la mano de The Jayhawks. En esta ocasión, y a diferencia de 2003, se presentó la formación original, la que grabó esas dos barbaridades de rock americano llamadas Hollywood Town Hall y Tomorrow The Green Grass, y la que lideraban Gary Louris y Mark Olson. Y ambos, compenetrados a la perfección, regalaron a la entregada audiencia los momentos más emotivos del festival, con Over My Shoulder y Two Hearts en concreto alcanzando una belleza y una melancolía rayando lo sobrenatural. Tras este despliegue, que a poco que se engrase la maquinaria si decidieran continuar podría ser aún más escandaloso, quedaba la última gran cita del Azkena, el concierto de Los Lobos. Sin menospreciar a Dinosaur Jr., siempre abrasivos en directo, y a Jon Spencer Blues Explosion, otra apuesta sobre seguro.

Los Lobos, la banda que injustamente el público ignorante reduce a La Bamba, ofrecieron un buen concierto, eso es evidente, aunque quien bucee en su espectacular discografía se dé cuenta de que sus repertorios no les hacen justicia, ni por asomo. Su magistral dominio del rockabilly, blues, pop, rancheras y cumbias fue evidente, pero dejaron en el tintero la mayoría de sus canciones más redondas, algunó sonó rematadamente mal (Kiko And The Lavender Moon) y desperdiciaron su bis con una versión de Neil Young, algo manidísimo, populista e innecesario en ellos.

La audiencia, pese a estos detalles, disfrutó, y probablemente a partir de ahora haya más gente que considere a este grupo como uno de los más deslumbrantes que existen, porque eso es justamente lo que es. Como el Azkena Rock, que ha recuperado el esplendor y vuelve a mirar desde las alturas al resto de festivales de este país.

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