Cristina Monge y Raúl Oliván: "Hace falta crear una cultura de la participación política, que sea atractiva"

  • 20minutos entrevista a los coautores del libro 'Hackear la política'.
  • Coinciden en que los nuevos partidos son "mesiánicos" y es el líder "quien guía al votante".
  • "El problema de España no es la ley d'hont, que por cierto es un sistema bastante proporcional".
Cristina Monge y Raúl Oliván, autores de 'Hackear la política'.
Cristina Monge y Raúl Oliván, autores de 'Hackear la política'.
ELENA BUENAVISTA

Cristina Monge y Raúl Oliván profundizan en el sistema electoral español y en la participación de los ciudadanos en la vida política durante los últimos años. Ambos atienden a 20minutostras publicar 'Hackear la política', libro en el que analizan las fórmulas y las soluciones para que la democracia avance hacia un vínculo mayor con la movilización y con el funcionamiento de las instituciones.

Para salvar la democracia hace falta más democracia, se dice en el libro, pero eso...¿cómo se consigue?

C. M: Abordamos dos grandes esferas. Una, la de las herramientas institucionales, es decir, esas herramientas que ya están previstas en nuestro ordenamiento jurídico y que por motivos históricos son herramientas muy limitadas. Por ejemplo, el referéndum y la iniciativa legislativa popular en España. La otra esfera tiene que ver con la participación de la sociedad en el conjunto de los ámbitos políticos. ¿Cómo se profundiza? Mejorando los ámbitos y los instrumentos de participación, tanto los que están previstos en las leyes como los que no están previstos y forman parte más de la esfera social.

¿Consideran que el sistema actual en España es plenamente democrático?

R. O: Tengo que hacer un poco de defensa de mi tierra, que es Aragón. Si contáramos solo por habitantes, las zonas más despobladas quedarían infrarepresentadas. En la Constitución hay cosas que están tratadas con exquisito equilibrio y una es el equilibrio que se produjo entre el poder territorial y las grandes masas poblacionales. Si el sistema no fuera así, Teruel tendría 0,1 diputados; un diputado que iría una vez al año a Madrid y tendría treinta segundos para hablar. Eso estaría representando a una provincia entera. No podemos estar hablar de que España se vacía y luego querer una proporción pura. Eso se puede mejorar con un diputado 366, basculando el poder territorial en el Senado...Pero se hace un poco de trampa cuando se habla de la proporción.

Pongamos que no viviéramos en una etapa de constante bloqueo político. ¿Se pondría entonces en duda el sistema electoral?

C. M: El "no nos representan" empezó a gritarse en las plazas en 2011, es decir, hace ocho años, cuando no había situación de bloqueo. Pero sí que es verdad que el bloqueo actual forma parte o es un paso más en esa crisis de confianza en la democracia que estalla con la crisis económica del 2008 y sobre todo con el 15-M. A partir de ese momento aparecen nuevos partidos políticos, cambia el tablero, cambian las reglas del juego de la política española. Lo que había sido un bipartidismo imperfecto de repente salta por los aires y eso cambia todo. Ese bloqueo forma parte de un sistema que tiene nuevas reglas, unas reglas que tampoco acabamos de conocer. Empiezan a generarse dinámicas de representación nuevas, y a veces faltan instrumentos de precisión para comprender esto.

R. O: Ahora estamos con el bloqueo político en España y podríamos tener la tentación de pensar que este diagnóstico sea coyuntural, pero no es así. No es un fenómeno acotado a España, sino que prácticamente en todas las sociedades occidentales en los últimos diez años ha habido un proceso prácticamente paralelo de desafección. Esto se ve en tres fenómenos: el nacimiento de la ciudadanía digital, la crisis económica tan importante que rompe la idea de progreso y el surgimiento de una nueva corriente por incomparecencia de las grandes familias políticas, que no generan una respuesta lo suficientemente contundente.

¿Aleja el sistema al ciudadano de la realidad política?¿Vemos los españoles el sistema como muy complicado?

C. M: Pero no solo los españoles, sino todos. Ese desconocimiento no es mayor que en otros países de nuestro entorno. Claro que es complejo, pero el español igual que otros muchos. En este sentido no creo que sea un problema. Además, no creo que sea imprescindible conocer el sistema para comprender su filosofía. Es básico conocer las reglas fundamentales. Sí que es cierto, y se ve en el libro, es que estamos en un momento de debate en el que hay muchos temas que salen a la calle y no se hace con el conocimiento y el rigor suficientes. El problema no es la ley d'hont, porque no es más que un sistema de distribución de escaños bastante proporcional, por cierto.

R. O: También tenemos que hacer una crítica desde las propias administraciones. Tenemos que hacer las políticas publicas y las oportunidades de participación mucho más atractivas, y no puede ser que con abrir un portal de peticiones ciudadanas o de sugerencias ya pienses que has cubierto el expediente. Eso está bien, pero lo que tienes que hacer es crear una cultura de la participación. Y eso solo se consigue a través de estrategias de sensibilización y haciendo esa participación ciudadana divertida. Que sea ella la que va a los ciudadanos.

¿Puede ser que ahora participemos en función de hechos concretos (crisis, brexit, Vox...)?

C. M: La movilización en España tiene una característica propia, y es que es muy de corcho de botella de champán. Ante los indignados del 15-M, España no solamente fue el primero, sino también el país que más gente sacó a la calle. Fue la que sirvió de referente. Es una reacción masiva, espontánea y clara, pero tiene un pico muy grande y luego desciende. Luego no genera mayor poso de participación. La sociedad antes del 2011 y después participa con cifras prácticamente idénticas. Tampoco cristaliza en estructuras nuevas de participación.

R. O: Una de las claves de este debate es cómo exploramos nuevas formas de participación deliberativa, pero al mismo tiempo celebramos tener una democracia firme por ejemplo en cuanto a la estructura de partidos. O una cosa que está tan denostada como los sindicatos. Yo reivindico a partidos y sindicatos como encauzadores de voluntades en un entorno complejo donde no se puede saber de todo.

¿Pero hemos pasado de que los partidos sean espacios de crítica o de debate a que sean clubes de fans? Ahora se vota al líder

C. M: Eso forma parte de lo que los sociólogos llamamos la democracia de audiencia. Consiste en que la vinculación con los electores la tiene la figura del líder que conecta todos los días contigo a través de los medios. No desmoviliza, simplemente establece una relación diferente. Los militantes han desaparecido. De hecho, una de las cosas curiosas que hace Sánchez después de que lo "dimiten", se va a patear las bases recuperando la noción de militancia, de participación. La relación es por medio del líder, por cierto, todo hombres.

R. O: Pero esto ocurre principalmente en la nueva política, que prácticamente son monolíticos y mesiánicos. Hay más crítica en el PSOE que en Podemos o en Cs. El partido en sí pierde la capacidad de mediación. Todo este diagnóstico tiene un pero: es un análisis muy urbano. En los pueblos los partidos siguen teniendo un papel importante. Eso explica que PSOE y PP aguantasen en las elecciones municipales.

Entonces, ¿el líder es el que guía al votante? El partido ya no encauza nada...

R. O: Son dos vectores. Siendo el líder cada vez más importante, lo cierto es que sigue habiendo partidos que todavía arrastran. El PP, por ejemplo, aguanta el tipo y lo hace como partido.

¿Y eso pasa al contrario en el caso de los nuevos partidos?¿Les falta proyecto?

R. O: Una de las cosas que le falta es densidad territorial. Son fenómenos muy urbanos, acumulan en las grandes capitales, pero si te vas a las 52 provincias eso se diluye. Y luego Rivera e Iglesias tienen un factor que les pesa, que es el fundacional. Eso les confiere un peso determinante que les juega malas pasadas.

C. M: Los partidos tradicionales tienen muchos años de historia y eso no es una tontería. Muchas generaciones se han sentido identificadas y eso genera un poso muy grande. El suelo electoral les viene marcado por esa historia.

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