Anna Ferrer
Anna, en la sede que la Fundación Vicente Ferrer tiene en Madrid.  JORGE PARÍS

Anna lleva algunos días en España cuando entra en la sede que la Fundación Vicente Ferrer (FVF) tiene en Madrid. Fuera llueve y no hace más de 15 ºC pero ella calza las chanclas que acostumbra a usar en la India. También viste un punjabi azul marino. "No puedo meter mis pies en zapatos cerrados. Tras 56 años allí, cuando llego aquí en noviembre o diciembre no siento mucho el frío porque traigo conmigo el sol", explica esbozando una sonrisa, en un español fluido y con un tono de voz pausado.

Quedan pocos meses para que la ONG cumpla el medio siglo y su presidenta ha querido visitar varias ciudades españolas para agradecer su implicación en la lucha contra la pobreza extrema a los más de 130.000 colaboradores con los que cuentan, así como a empresas e instituciones públicas. El objetivo también es trasladarles los avances cosechados.

Esta británica llegó a Bombay a principios de los 60. Impulsada por un espíritu aventurero y espontáneo, con solo 16 años se había unido a su hermano, su cuñada y su sobrina en una vuelta al mundo en todoterreno. Cuando estaban cruzando la India se quedaron sin dinero y mientras su hermano se empleó como ingeniero químico, ella retomó sus estudios en la universidad a la vez que trabajaba como periodista en una revista local. Cuatro años después le encargaron entrevistar a Vicente Ferrer y lo que iba a ser una parada temporal hasta lograr fondos para seguir el viaje se convirtió en una estancia permanente.

"Era excepcional. Tenía carisma, fuerza, poder de convicción y de motivar y me impulsó a hacer algo para ayudar a los demás. Cuando tuvo que cambiar de sitio supe, sin pensarlo, que iría con él", recuerda, haciendo referencia al momento en el que el jesuita español se vio obligado a trasladarse de la metrópoli a Anantapur, después de unos meses en el exilio por una orden de expulsión lograda por las clases dirigentes, que le veían como una amenaza. 

El idealista y la estratega

Fue así como en enero de 1969, aquellos dos extranjeros aterrizaban, junto a dos voluntarios indios, en la región más seca del país. Un año más tarde, Vicente abandonó la Compañía de Jesús y se casó con Anna, con la que tendría tres hijos. Quienes les conocieron juntos destacan que él era el idealista, el visionario, y ella la estratega, la gestora, lo que les llevaba a complementarse a la perfección.

Arrancando con muy pocos recursos, con lo que familiares y amigos les enviaban de vez en cuando, la pareja empezó a modificar la vida de aquella zona rural y de sus habitantes, que "no eran dueños de su propio destino y vivían según las órdenes de las clases altas". "No había programas de vacunas y muchos niños fallecían. No había infraestructura sanitaria. Muchas mujeres morían durante el parto. Vivían en chozas. No comían más de una vez al día...", cuenta esta mujer, quien tras casi diez años viuda mantiene la alianza en su angular izquierdo.

Los primeros fondos públicos llegaron en forma de sacos de trigo, con los que como organización tenían prohibido comerciar. Recurriendo a la picaresca, eran los campesinos quienes, una vez guardado lo que iban a necesitar como alimento, vendían el resto del grano y entregaban a la fundación lo que obtenían por ello. Así fue como en siete años llegaron a excavar 10.000 pozos, a construir 2.500 casas y a levantar más de medio centenar de centros de nutrición y un hospital para pacientes de lepra. Todo ello con unos años 1973 y 1974 en los que tuvieron al administrador del distrito haciéndoles la vida imposible, una situación que terminó con la intermediación de la primera ministra, Indira Gandhi. 

El cambio ha sido "enorme"

La transformación ha sido muy gradual y ha requerido un gran esfuerzo pero, aunque "queda mucho por hacer", cinco décadas después, la responsable de la fundación afirma con orgullo que el cambio experimentado en Anantapur y sus alrededores es "enorme" y ha sido posible gracias al trabajo en "todos los ámbitos del desarrollo". En una sociedad con un porcentaje de escolarización del 10% en el caso de los niños y del 1 o 2% en el de las niñas, necesitaron 20 años, por ejemplo, para conseguir que la población valorase la necesidad de que sus hijos fuesen a clase hasta acabar Secundaria. Hoy es uno de los aspectos que sus beneficiarios más tienen en consideración. "Sin formación, ¿cómo puede progresar una persona?", se cuestiona Anna. 

Por eso, "aparte de las mejoras en educación, sanidad, en sus ingresos... han sido clave los trabajos de concienciación": "Organizamos talleres sobre los derechos de los más pobres, las mujeres, la discriminación de género, los niños... sobre todos los temas del desarrollo y cualquier otro asunto que sea importante en la vida de la gente".

En medio siglo, la FVF ha ayudado de forma directa a que 3,5 millones de indios salgan de la pobreza extrema, trabajando especialmente con grupos vulnerables, como mujeres y personas con discapacidad. "Hoy en día 14.000 embarazadas dan a luz en nuestros hospitales cada año y tienen un parto seguro", destaca su presidenta. Pero no solo eso. También las empoderan para que sean gestoras de sus propios microcréditos y sus pequeños negocios.

Cerca de los voluntarios

Anna atiende a este diario justo antes de un encuentro con una treintena de voluntarios, de todas las edades, que acuden a la sede de la madrileña calle Hermosilla para saludarla nuevamente algunos y para conocerla otros. Abrazos, besos, fotos... dan paso a un coloquio en el que le preguntan cómo transmitir a la gente por qué es necesario que la fundación siga creciendo. "Lo importante de nuestro trabajo es que hay resultados. Familias que eran muy pobres hoy tienen una vida digna. Somos una ONG que vivimos con la gente. Nos ven como una organización diferente porque estamos allí para ellos", responde quien lleva toda la vida trabajando para personas que "habían perdido la esperanza" y se muestra convencida de que erradicar la pobreza es posible porque asegura haber sido testigo de ello.

Lo que empezó como una organización de cuatro, hoy cuenta con 2.500 trabajadores, el 95% locales, y una labor que se inició en 200 pueblos llega ahora a más de 3.600, con la perspectiva de seguir expandiéndose. Entre los próximos proyectos se encuentra la creación de un grupo de apoyo a huérfanos cuyos padres fallecieron por VIH y que se sienten "muy aislados". Fuera de India, a la apertura de una sede en Washington en 2016, le seguirá otra en Alemania el año que viene y puede que en algún momento seleccione alguna causa en España, porque "aquí también hay necesidad"