Gestación subrogada
Lucía Cuestas, madre por gestación subrogada, en una imagen con la que anunció a sus familiares el nombre de la niña (JSFotografía). JSFotografía

Lucía Cuestas (38 años, Barberá del Vallés) desde siempre ha querido ser mamá. Era su ilusión quedarse embarazada y sabía que se haría la sesión de fotos con su panza abultada. En su lugar, el álbum familiar muestra las imágenes que acompañan a este reportaje, en las que Lucía posa con la ecografía de Vega, la hija que ella y su marido, Daniel, tendrán cuando Alina, una joven ucraniana, se ponga de parto en Kiev.

El 'embarazo' de Lucía se podría decir que ha durado nueve años. Fue entonces cuando empezaron a intentarlo. Hace cinco años comprendieron que tenían problemas para concebir y empezó un periplo de médicos y pruebas (hasta en Cardiff y Japón) para conseguir gestar. Todos los informes arrojaban el mismo resultado: su embarazo era imposible por razones de salud.

"Hay gente a la que le dicen que no puede tener hijos y le da igual. Pero en este caso yo he luchado porque quería ser mamá. Quemé todos los cartuchos. Operarme, hacer esto, lo otro. Fuimos a intentar la adopción, pero al salir nos miramos y nos dijimos que ni de coña nos metemos en este proceso que no nos da ninguna garantía y con un tiempo de espera de 7 años", cuenta durante un desayuno en el apartamento en el que se han instalado a la espera del nacimiento de Vega.

Su médico de confianza le sentó un día en el despacho y le dijo con franqueza, igual que si se tratara de su hija, que dejara de perder el tiempo, y que comenzara a explorar otras vías. Y les habló de la gestación subrogada. "De primeras piensas en que es un procedimiento muy caro, pero empezamos a buscar información, de esto hace dos años, y a valorarlo".

Dice Lucía, y en eso le apoya totalmente su marido en la conversación, que ella se siente muy orgullosa del proceso que han elegido, y está dispuesta a rebatir cada argumento de quienes desde el respeto se oponen a la gestación por sustitución. Pero está muy dolida por los ataques que recibe en redes sociales cuando sale a defender que es necesario que las gestantes cobren por lo que hacen. "Me empezaron a decir que era una desgraciada, que cómo podía decir que Vega era mi hija y que el karma se volvería en mi contra".

Acudieron a una agencia española, Interfertility, porque les transmitió "mucha confianza". No se metieron ciegamente, sino tras rebuscar opiniones, continúan explicando. En paralelo Lucía acudía a una psicóloga para afrontar el duelo de no poder ser mamá por sus propios medios. Y se autoconvenció de que madre no es solamente la que cumple la primera acepción del diccionario, "la mujer que ha parido a otro ser de su misma especie", sino también la de la tercera "la mujer que ejerce las funciones de madre".

De Alina, la gestante ucraniana, con la que hace unas horas dieron un paseo por la capital de Ucrania en el que comprobaron que Vega está encajada en el bajo vientre, dice que es "una persona que durante nueve meses cuida de mi bebé, de mi bebé, no del suyo. El esperma es de mi marido y el óvulo es de otra mujer".

Lucía quiere que se sepa que en un proceso con tantos detractores ella ha encontrado "humanidad". Pone de ejemplo, "no todas las chicas pueden ser gestantes, una mujer que nunca ha parido no puede serlo, porque es normal que no pueda ser que su primer bebé se lo dé a alguien, no va a poder".

"Yo soy humana y como mujer sé que va a ser muy difícil el momento de tener que darme mi bebé", reconoce antes de afirmar que al menos su gestante, Alina, está en esto "libremente, sin que nadie le haya puesto una pistola en la cabeza".

"Nosotros nos preocupamos por ella, porque tenga los cuidados y comodidades. Es más, yo lo tengo claro, imagínate que algo en el parto va mal y peligra la vida de la gestante. Yo le hago que aborte. Yo no voy a hacer peligrar su vida por querer ser madre". Y les molesta que se les tache de desalmados.

La pareja defiende que no hace nada ilegal en Ucrania y que no van a ser padres a cualquier precio. "No saben lo que nosotros hemos llorado, ni lo que hemos luchado por conseguir esto. Nos hemos informado y hemos acudido donde nos ampara la ley, donde hay un contrato, no a un país cualquiera, India, Congo o China, a ponerle en la mano un dinero a cualquiera para ser madre".

Lucía está convencida de que la gente en España no se pone en su piel. "A la vista está", dice. "Cuando lo pasas con nosotros, la gente te entiende, la familia, los amigos, te animan y te arropan", intercede su marido. Lucía termina diciendo: "No somos fríos. Nosotros no pagamos para que nos den el bebé, pagamos para que otra mujer cuide de nuestro bebé durante nueve meses. Es muy diferente. No tiene que ser nada fácil dar un bebé por dinero, pero si es una decisión suya, ¿cuál es el problema?".