Dice Regina Exlibris, librera, lectora compulsiva y bloguera de 20minutos.es, que deberíamos hacernos un bibliofavor y leer Chesil Beach (Anagrama, 2010) antes de ver la película. Dice un servidor que esa es, sin duda –en este caso y en el de todas las adaptaciones cinematográficas–, la mejor opción, ya que permite disfrutar del material original sin ideas preconcebidas y aporta elementos de juicio para valorar después el largometraje.

Sin embargo, esto no debería tomarse como dogma. Una película tiene que funcionar como obra independiente, completa en sí misma, comprensible y disfrutable al margen de otras creaciones relacionados con ella. Y En la playa de Chesil lo consigue, tal vez en buena medida por el hecho de que Ian McEwan, el autor del libro, se ha encargado personalmente del guion. Difícilmente puede haber mejor garantía de fidelidad absoluta a la novela, no tanto en la trama o en escenas concretas como en la sensibilidad y espíritu de lo que se quiere contar.

La película, ambientada en la Inglaterra de 1962, relata el romance entre Florence y Edward, dos jóvenes veinteañeros que se dejan llevar por el impulso de un amor a primera vista. Para el espectador, su historia comienza con ellos recién casados. A partir de ahí, los flashbacks van revelando quiénes son y cómo han llegado al punto en el que están: ella, una muchacha de clase media alta y familia conservadora que toca el violín; él, un chico inteligente y encantador de clase baja cuyo núcleo familair está marcado por el estado de su madre, que sufre lesiones cerebrales.

En el "presente", Florence y Edward intentan disfrutar de su luna de miel en un hotelito junto a la playa de Chesil. Ahí, aún inocentes, vírgenes y embriagados por el enamoramiento, se topan con un escollo inesperado. La realidad de la sexualidad, todavía un tema tabú en la Inglaterra de la época, irrumpe como un terremoto que hace tambalearse la relación. Donde debería haber ternura, pasión, íntima complicidad, tan solo hay una sucesión de momentos terriblemente incómodos.

En bellos escenarios (especialmente aquellos en los que predomina la naturaleza) y con un ritmo que mezcla la música clásica de Mozart o Schubert con la energía de Chuck Berry, la maravillosa Saoirse Ronan (Lady Bird) y el desconocido y prometedor Billy Howle dibujan con precisión la inseguridad, los miedos, la torpeza y la confusión de dos inmaduros veinteañeros que aún no saben casi nada sobre la vida.

Al final, cuando esta les pasa por encima, lo que comenzó feliz, tierno e ilusionante desemboca de forma devastadora, no solo para los protagonistas sino también para los espectadores, en una escena inmisericorde con las almas cándidas. Mejor verla, por tanto, con el estado de ánimo alto y actitud optimista.

Dicen que a En la playa de Chesil le falta algo de la delicadeza del libro, de su profundidad, pero en general ha convencido a la crítica. Ahora es el turno de que opinen los espectadores.