El cine ha sido siempre un reflejo de la sociedad en la que vivimos, pero también un espejo en el que mirarnos, un lugar en el que encontrar héroes, iconos, figuras con las que sentirnos identificados, un poquito más comprendidos, menos solos.

Ese poder empático del séptimo arte es especialmente intenso en los adolescentes, criaturas perdidas que tratan de encontrar su lugar en el mundo y descubren en la ficción un refugio incomparable. Generaciones de chicos y chicas han crecido marcados por películas como El club de los cinco, Cuenta conmigo, Chicas malas, Supersalidos o incluso las burdas American Pie.

Todos estos filmes hablan, de un modo u otro, sobre la amistad, el amor, el sexo y la búsqueda de la propia identidad, pero también tienen otra característica en común, abordan esos temas desde la heterosexualidad. Eso no es algo negativo, por supuesto, pero ha hecho que durante décadas los adolescentes gays no hayan tenido más remedio que identificarse, en la mayoría de los casos, con los típicos marginados, sean del tipo que sean: empollones, frikis, introvertidos o mutantes con superpoderes.

Con amor, Simon llega para cambiar esa realidad. No es la primera película sobre homosexualidad pero sí es la primera realizada por un gran estudio –20th Century Fox–, con amplia distribución y protagonizada por un personaje gay, cuya orientación sexual no da pie a un dramón sino a una historia divertida, amable y conmovedora sobre el primer amor.

El planteamiento es sencillo. Simon Spier es un joven de 16 años que aún no le ha revelado a nadie que es homosexual. Cuando un compañero utiliza el blog del instituto para manifestar, de forma anónima, que es gay, Simon encuentra en él un ciberconfidente inapreciable. El conflicto llega cuando otro chico del instituto descubre el intercambio de correos electrónicos entre ambos y amenza con publicarlos.

De este modo, al margen de la inevitable trama sobre la necesaria salida del armario con los amigos y la familia (todo el mundo querría ser hijo de Jennifer Garner y Josh Duhamel), la película tiene todos los elementos típicos de cualquier comedia adolescente: enamoramientos, enredos, fiestas, conflictos entre amigos e incluso un gran evento de fin de curso, que en este caso es una obra de teatro en vez del habitual baile.

Es decir, Con amor, Simon es una comedia más, como muchas otras. Tiene encanto, los personajes son entrañables y los toques de humor y los juegos narrativos a la hora de representar las fantasías del protagonista son atinadísimos. Pero hay decenas de películas con un encanto similar. Sin embargo, ahí está lo maravilloso del filme, en su total normalidad, en haber sabido convertir la novela en la que se basa en una gran producción para todos los públicos que nada tiene que envidiar a los clásicos del género.

Brokeback Mountain mostraba una realidad muy alejada en el espacio y en el tiempo, Mi nombre es Harvey Milk es más bien una película histórica, Moonlight es un filme dirigido a un reducido público cinéfilo y la fantástica Call Me by Your Name no está pensada para entretener a quinceañeros. Después hay muchas homotragedias, películas de temática LGBT notables pero de escaso alcance e infinidad de secundarios, algunos ridículamente caricaturescos y otros geniales (Las ventajas de ser un marginado) pero secundarios al fin y al cabo.

En cambio, la historia de Simon, blanca y edulcorada como un cuento, es la que cualquier adolescente gay quiere y necesita ver, la película que muchos habríamos querido descubrir a los 16. Solo por lo mucho que va a significar para miles de chicos de todo el planeta, para los que se convertirá en un recuerdo imborrable de su juventud, Con amor, Simon ya se merece un hueco entre los iconos de la visibilización LGBT.