¿Alguna vez ha visto una película en la que, durante todo el metraje, no para de preguntarse si es buena o no, si le está gustando o no? Roman J. Israel Esq. encaja perfectamente en esa situación. Con una idea a priori atractiva y un personaje con potencial, uno espera que, de repente, algo lo deslumbre. Pero no, ese momento nunca acaba de llegar.

Denzel Washington interpreta a Roman, un abogado defensor idealista y con vocación cuya vida cambia drásticamente cuando su socio y mentor, un icono de los derechos civiles, muere. Eso le obliga a abandonar su letargo como genio del derecho en la sombra y a buscar un nuevo empleo para sobrevivir.

En esa situación, su vida comienza a girar en torno a dos nuevos conocidos: Maya, una joven luchadora por la igualdad de derechos, y el ambicioso abogado George Pierce (Colin Farrel), antiguo alumno y amigo del fallecido que acaba contratando a Roman para su empresa. Lo que ambos ven en él es talento, voluntad, determinación e integridad.

También el espectador percibe algo de ese espíritu en un primer momento. El protagonista parece un tipo brillante, un hombre raro, aferrado a lo analógico –prefiere tenerlo todo apuntado en notas en vez de en el ordenador– y con escasa inteligencia social, pero que posee unas cualidades profesionales admirables, como su prodigiosa memoria.

Sin embargo, su forma de proceder rara vez es acertada. Roman es torpe en todo lo que hace, falla constantemente e impide que lo veamos como el sujeto maravilloso que supuestamente es. ¿¡Por qué hace eso, qué está diciendo, qué pretende!? El espectador jamás logra fascinarse o siquiera entender la fascinación que Maya siente por él.

Curiosamente, Denzel Washington logró con este papel una nominación al Óscar a mejor actor en la pasada edición de los premios. Su interpretación es buena, sí, pero el personaje no tanto. Quizás los académicos se limitaron a valorar que el intérprete abandona aquí su zona de confort.

Al concluir el filme, tras un acto final ridículo que a uno le deja frío, es obvio que el papel de Collin Farrel está mucho mejor contruido. George Pierce siempre es coherente en sus actos y, a diferencia de Roman, vive una evolución palpable y lógica. Por desgracia, esto no basta para generar un mínimo de emoción. Roman J. Israel Esq. no impacta, no conmueve y por momentos, en sus largas dos horas y pico de metraje, ni siquiera entretiene.

Decían algunas de las primeras críticas –las más generosas–, allá por noviembre de 2017, cuando la película se estrenó en Estados Unidos, que Denzel había creado un personaje para el recuerdo. Lo cierto es que no. Muchos lo olvidarán y, los que lo recuerden, probablemente no lo harán con demasiado cariño.

Este supuesto thriller dramático en torno a la corrupción del sistema judicial y penal de Los Ángeles no es un completo horror, que conste, pero es tan difuso en su ejecución que resulta desconcertante.