La fórmula  no es nueva, ni en el drama ni en la comedia. Desubicas al protagonista de su entorno, de su zona de confort, y le enfrentas a otra realidad muy distinta, logrando así que cambie, que se le abran los ojos o el corazón, o haga que los abran otros.

Puede ser una pija neoyorquina a la que llevas a una Australia salvaje con cazadores de cocodrilos o un niño malcriado al que colocas en un pesquero en alta mar. En este caso, Javier Fesser opta por llevarse a Javier Gutiérrez convertido en un entrenador de baloncesto de primer nivel que está en el camino de tocar fondo, un moderno Scrooge madrileño, a entrenar a un equipo de adultos con discapacidad intelectual. El castigo de una clarividente jueza tras acabar en el banquillo por provocar un accidente de tráfico estando borracho. 

El trabajo de los nueve actores debutantes con discapacidad intelectual y la parte de la historia que a ellos les representa, es casi impecable. El guion, de Fesser y David Marqués (Dioses y perros), está elaborado en este aspecto con delicadeza y con mucho tino.

Sin caer en sensiblerías ni falsos mitos y logrando con éxito representarles como individuos con sus diferentes personalidades, gustos y retos, el mayor acierto de la historia. No quedan en ningún caso eclipsados ni caricaturizados por tener discapacidad intelectual. Las situaciones humorísticas que nos presentan no incurren en el error de reírse de ellos, aunque nos riamos de lo que hacen. Algo que no era tarea fácil. Tampoco pretende dar grandes lecciones. El realismo solo se tambalea muy levemente cuando se nos cuenta que todos tienen trabajo, algo que no corresponde, desgraciadamente, con la realidad laboral de la mayoría de las personas con discapacidad.

Javier Gutiérrez defiende con dignidad y buen oficio su papel, el del cotidiano monstruo insensible que se torna humano de nuevo. Un personaje cuya evolución es inverosímil, no por su interpretación, sino por el guion. Resulta poco factible el enorme cambio en tan poco tiempo de este entrenador, al que se nos presenta en un inicio demasiado cargado de prejuicios, impermeable a la empatía, violento y cazurro.  También cuesta creer las distintas soluciones caídas del cielo. Pero lo que más chirría es la relación de pareja que se incluye, una trama romántica innecesaria y un personaje, interpretado por Athenea Mata, demasiado integrador y entusiasta.  Si no se edulcora, todo un acierto, la discapacidad, en el devenir de esa pareja sí que sobra el azúcar.

Cabe destacar a  tres  secundarios: el anciano que coordina la asociación (Juan Margallo); el parlanchín compañero de la mujer del entrenador loco por su caravana  (Luis Bermejo) y la madre (Luisa Gavasa). Pese a su escasa presencia en pantalla, dejan una impronta duradera. Son en los que mejor se aprecia la querencia de Fesser por el surrealismo.

Campeones es, probablemente, una película con más valor social que cinematográfico. Una historia que interesa ver más por adentrarse un poco en el mundo de la discapacidad intelectual representada con naturalidad que por pura cinefilia. Y una apuesta cinematográfica distinta y valiente precisamente por ese motivo.