Babosa
Una babosa sobre una hoja de lechuga. GTRES

Sucedió en 2010, cuando el australiano Sam Ballard tenía 19 años.  Bebiendo con unos amigos recibió el reto de comerse la típica babosa de jardín, y Ballard aceptó. Nunca imaginó las graves consecuencias. La babosa era portadora de unos parásitos que pueden provocar meningoencefalitis eosinofílica y angiostrongiliasis abdominal en humanos y que normalmente se encuentran en roedores, pero que también pueden estar en caracoles, babosas, ranas y gambas que han ingerido heces de esos pequeños mamíferos infectadas. 

El joven deportista enfermó de la denominada en inglés rat lungworm disease, el parásito llegó a alcanzar su cerebro y lo dañó gravemente. Pasó 420 días en coma y a día de hoy es tetrapléjico. 

Su caso ahora es noticia por otros motivos en los medios locales: su familia, que está en plena pugna con el gobierno australiano, recibió 492.000 dólares en 2016 por parte de la National Disability Insurance Scheme (NDIS) que han sido drásticamente recortados sin aparente explicación a 135.000 dejándoles con una deuda de más de 40.000. 

Esta enfermedad también mantuvo hospitalizada durante meses a una pareja estadounidense que estaba de luna de miel en Hawai.

El parásito que causa esta enfermedad que afecta al sistema nervioso central es el nematodo Angiostrongylus. Los síntomas suelen manifestarse una vez han pasado de una a tres semanas de la infección, suelen ser vómitos, dolores de cabeza, rigidez de cuello o zumbidos. Si se cronifica, puede durar meses o incluso años.  Las complicaciones tan severas como las de Ballard no son frecuentes, pero sí posibles.

Precisamente el caracol africano gigante, que comenzó a popularizarse como mascota y se considera especie invasora, es también una especie con riesgo potencial para la salud pública al ser hospedador intermediario de estos parásitos.