Niña con chaleco de arena
Una niña viste un chaleco de arena de la marca Beluga. BELUGA HEALTHCARE

Sentarse en una silla durante horas no es fácil, y se hace todavía más complicado con ocho años y un diagnóstico de TDAH. La solución en muchos colegios del norte de Alemania ha levantado ampollas: Unos chalecos llenos de arena y adaptados, con un peso de entre uno y seis kilos, que los pequeños visten en las aulas. 

El diario alemán Der Tagesspiegel ha puesto en el punto de mira esta polémica medida, que describen como "muy efectiva". Citan a una experta en tratar a niños hiperactivos, Silke Turley, que se encarga de comercializar este tipo de chalecos en su compañía. "Son inquietos por la falta de conciencia corporal", asegura, percepción que, según la publicidad de su clínica, mejora con el artefacto. Solo hay una advertencia: no se pueden vestir más de una hora seguida. 

La marca más conocida de chalecos, sin embargo, es otra: se llama Beluga y está especializada en este tipo de "terapias", como recogen en su web. Con colores alegres y niños que sonríen en sus imágenes, comercializan estas herramientas en un país que centra parte de su debate político en la falta de medios para la correcta integración de menores con necesidades especiales. La solución propuesta solo cuesta entre 80 y 170 euros. 

Es la misma Turley la que matiza: "Si los niños pudiesen correr por el campo en lugar de estar encerrados no tendrían tantos problemas". Sus chalecos se venden también en gran parte de Europa, en especial en países nórdicos como Dinamarca, Noruega, Finlandia o Suecia. Habla de él como una medida optativa, no necesariamente coercitiva. "Los niños pueden elegir usarlo, pero no es necesario", aclara. 

Bandos opuestos

Comparte su opinión Gerhild De Wall, una de las mayores defensoras de la medida. Es maestra de educación especial, y su colegio utiliza los chalecos de forma habitual. "Los chicos los cogen y se los ponen ellos mismos", cuenta. 

En el lado contrario, multitud de pediatras consideran que el uso de estas herramientas es poco justificable. "Es una forma de estigmatizar, de tachar al niño como problemático", se lamenta el portavoz de la asociación de pediatras alemanes, Hermann Josef Kahl. Aporta datos alentadores: solo un 5% de los pacientes menores en el país necesita tratamiento. "Muchos niños que están inquietos o molestan lo hacen porque no han aprendido a adaptarse", explica, "porque no saben seguir las exigencias del aula". 

Las propuestas alternativas al chaleco son muchas: desde menos niños por curso hasta aulas más amplias, pasando por educadores centrados en necesidades individuales y específicas. Son las que propone también el director de psiquiatría infantil y adolescente del hospital de Eppendorg, Michael Schulte-Markwort, que califica el uso del accesorio como "éticamente irresponsable". "Síntomas como la falta de concentración y la inquietud requieren diagnósticos específicos, no soluciones fáciles. Siempre es más efectiva una mano en el hombro que calme al alumno", justifica. 

En medio, como en muchas otras ocasiones, se encuentra el debate político. Han sido varios los responsables que han llevado a reunión el método, calificado como "inusual" y poco aceptable en un país como Alemania. "Las escuelas se dejan influenciar por Estados Unidos", se lamentó en su día Birgit Stöver, del ala de CDU en Hamburgo; en Norteamérica, es común utilizar los allí llamados "chalecos de compresión" en niños con autismo. Sin pruebas científicas en contra por el momento, las escuelas siguen ancladas en el supuesto impacto positivo de su uso.