Retrato de Balerdi
Retrato de Balerdi realizado por Alberto Schommer. ALBERTO SCHOMMER

Cuando se cumplen 25 años de su muerte, la sala Kubo-kutxa de San Sebastián dedica una merecida exposición a una de las figuras más emblemáticas de la vanguardia plástica vasca del siglo XX: Rafael Ruiz Balerdi (Donostia / San Sebastián, 1934- Alicante, 1992).

Balerdi, uno de los artistas más relevantes de nuestro país desde que finalizó la guerra civil, fue también uno de los fundadores en 1966 del llamado Grupo Gaúr. Escuela Vasca que estuvo formado por nombres de tal calibre como Oteiza, Chillida, Basterretxea, Amable Arias, Remigio Mendiburu, Zumeta y Sistiaga. Todos ellos llegaron a presentar un manifiesto en su día donde se definían como "un frente cultural, una compañía de nuevos artistas vascos" y reclamaban los medios suficientes para desarrollar su experimentación vanguardista y la difusión de su trabajo.

La antológica Balerdi (1934-1992), que estará abierta al público hasta el próximo 24 de septiembre, incluye casi un centenar de obras de este prolífico autor, incluyendo óleos, dibujos, sus populares "tizas" y la película Homenaje a Tarzán I: La cazadora inconsciente. La muestra ha sido comisariada por Javier Viar Olloqui, director hasta este año del Museo de Bellas Artes de Bilbao y conocedor profundo de su obra.

Un gran número de estas piezas provienen del Museo de Bellas Artes de Bilbao, donde está depositado en legado del artista, pero también de colecciones privadas y otras instituciones como Artium, BBK, Kutxa Fundazioa, Gobierno Vasco o Museo Universidad de Navarra.

Un artista en constante transformación

Gran dibujante y extraordinario colorista, la trayectoria pictórica de Balerdi sufre su primer giro importante con apenas 20 años cuando gracias a su amistad con Eduardo Chillida comienza a sumergirse en los lenguajes de la vanguardia internacional, especialmente, el cubismo y el espacialismo. En 1960 virará hacia el radical informalismo. Durante este periodo se centra en la búsqueda de una forma que se construye sobre los rasgos gestuales con sucesivas y a veces extenuantes intervenciones.

Los años 70 serán los de sus famosas "tizas", consiguiendo un radical contraste entre la pobreza de los medios utilizados (papel de embalar y tizas de color pastel) y la riqueza cromática de las obras resultantes. Su regreso al óleo en 1985 da lugar a una etapa de madurez que deja como testamento trabajos repletos de sabiduría, creatividad e influencias bien absorbidas.