Alexandra, transexual huida de Honduras
Alexandra, transexual huida de Honduras, en la casa de Getafe donde reside actualmente. JORGE PARÍS

Una madrugada del año 2009 unos hombres entran a la fuerza en casa de Alexandra Andino. Le pegan, la atan, le ponen una venda y se la llevan. Así empieza un secuestro de casi un mes durante el que fue golpeada, apuñalada y violada. Todo ello por ser transexual y conocida por su lucha en favor de los derechos de este colectivo. "Les pedí mil veces que me mataran pero me decían que no, que yo tenía que sufrir más que todas", relata. Pasar por aquel infierno la obligó a huir y a dejar atrás su vida en Tegucigalpa. Hoy tiene el estatuto de refugiada en España.

El caso de esta hondureña de 35 años es uno de los que se recoge en el informe Discriminación y persecución por orientación sexual e identidad de género. El camino hacia una vida digna, presentado este miércoles por la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). El documento denuncia el acoso que sufren las personas LGTB en diversas partes del mundo y su situación de desprotección en países como Honduras, Irán, Rusia o Camerún. Esto lleva a muchas de ellas a migrar y en algunos casos a solicitar protección internacional.

Mi madre se enteró de que me gustaban los chicos cuando yo tenía 12 años. Al llegar a los 15 se dio cuenta mi padre. Me golpeó y me fui de casaEn la actualidad, la homosexualidad está penada en más de 75 estados y se castiga con la pena de muerte en lugares como Irán, Arabia Saudí, Yemen, Mauritania, Sudán, Nigeria o Somalia. La violencia contra las personas que cambian de sexo "es a menudo aún más prevalente y terrible". El informe apunta en concreto que más de 1.700 transexuales fueron asesinados entre 2008 y 2014 en más de 62 países.

"La familia es la primera que te discrimina y ese golpe te da fuerza para seguir adelante. Si logras que ellos acepten tu situación, ¿qué más da lo que piensen las personas de fuera?", afirma Alexandra a 20minutos. Su vida no ha sido nada fácil y le cuesta contarla, pero lo hace con entereza. "La cuento para que la gente conozca nuestro problema. No somos diferentes. Somos todos iguales", resalta. Recuerda que ya con pocos años le gustaban "las cosas de niñas", pero la sociedad en la que vivía la llevó a tener que mantener oculta su sexualidad, sin poder ser realmente la persona que deseaba.

"Mi madre se enteró de que me gustaban los chicos cuando yo tenía 12 años, pero lo ocultó. Intentaba que anduviera con chicas. Al llegar a los 15, se dio cuenta mi padre. Me golpeó y me tuve que ir de casa", continúa.

Alexandra sufrió así durante un tiempo el rechazo familiar y siendo adolescente tuvo que ponerse a trabajar para mantenerse. El proceso de hacerles entender a sus padres su orientación sexual y su identidad de género fue muy complicado: "Uno tiene que enseñarles quién es. Cuando un niño nace sus padres se hacen ideas sobre lo que será en la vida. Pero no puedes decidir por ese niño. Ellos tenían otros planes para mí cuando yo ya tenía los míos propios".  

Una importante activista

Finalmente logró el apoyo de los suyos, lo que cumplidos los 18 años le dio energías para mostrarse abiertamente. Con la ayuda de su madre montó su propia peluquería y empezó a significarse como activista. Gracias a ella, la asociación Arcoíris, hasta entonces centrada en gais, lesbianas y bisexuales, incorporó también a transexuales. "Salía a la calle a buscarlas, les entregaba preservativos, dialogaba con ellas… Era la primera vez que alguien se preocupaba tanto en Honduras por el colectivo transexual. Reunimos a unas 250 personas y empezamos a tener visibilidad, a hacer manifestaciones, a salir en los medios… Ya podíamos decir que estábamos organizadas", cuenta.

Pero llegó 2009 y con él un golpe de Estado. "El nuevo Gobierno dijo que iba a acabar con las lacras y creímos que las cosas mejorarían, sin saber que las lacras éramos nosotras. Empezaron a matarnos en bandadas", apunta Alexandra, quien revela que fue más de cien veces a la morgue a reconocer el cuerpo de alguna compañera.

El Gobierno dijo que iba a acabar con las lacras y creímos que las cosas mejorarían, sin saber que las lacras éramos nosotrasSalía de casa sin saber si regresaría y caminaba por las calles de Tegucigalpa con miedo: "Si no volvía con una pedrada en la cabeza me habían escupido. Pero lo que más duele son las palabras". Recibió amenazas por teléfono e incluso durante su intervención en un programa de televisión: "Me dijeron públicamente que iban a por mí y que me iban a cortar la lengua".

Poco después era secuestrada y fue torturada durante 27 días. Sus captores terminaron tirándola a un barranco cuando creyeron que estaba muerta. Antes de dejarla allí, le pegaron un tiro en cada pierna.

Afortunadamente Alexandra logró sobrevivir y ponerse en contacto con su familia: "Me recogieron, estuve dos o tres días en una organización y en ese momento decidí que me tenía que ir de Honduras". Pasó por Nicaragua, Brasil y Costa Rica y en noviembre de 2011 regresó. Sus padres, casados por lo civil, daban el paso de casarse por la Iglesia y ella quería estar en la celebración. Lo hizo vestida de chico pero volvió a tener problemas: "Se dan cuenta de que estoy viva y mi madre se niega a exponerme más. 'Prefiero verte lejos antes que muerta', me dijo".  

Es ella, su madre, quien reúne los 2.500 euros para comprarle un billete a España. "Fue la opción más rápida, el país al que podía venir en avión solo con el pasaporte. Para ir a Estados Unidos necesitaba el visado, para lo que tienes que tener dinero y aun así, puede que te lo denieguen", explica.

Una nueva vida en España

Es así como el 27 de febrero de 2012 Alexandra aterriza en Barajas, "dejando todo lo podrido atrás" y con una denuncia por su secuestro contra la Policía y el Estado hondureños en el bolso, sin que aún hoy nadie haya pagado por el calvario que sufrió. La pesadilla sin embargo no había acabado. Retenida en la sala de inadmitidos del aeropuerto, estuvo a punto de ser repatriada, hasta que un abogado del turno de oficio la informó de que tenía derecho a solicitar asilo. Tras pasar unos días en Cruz Roja, ingresó en el centro de acogida que CEAR tiene en Getafe y en el que ahora trabaja en labores de limpieza y mantenimiento.

"El acostumbrarte a un país distinto y el estar en un lugar de caridad y ayuda ha sido difícil. No tener permiso de trabajo durante cierto tiempo... Menos mal que compartimos idioma. Eso te abre puertas", detalla.

Les pedí mil veces que me mataran pero me decían que yo tenía que sufrir más que todasSu madre ha venido a visitarla dos veces, la última acompañada de su padre. A los que aún no ha vuelto a ver son a sus cuatro hermanos. Les echa mucho de menos, pero no piensa regresar: "Honduras es un país muy hermoso pero me ha dejado una huella interna, un mal sabor de boca". "A mí no me van a callar. Allí no se respeta la vida. Ya no solo con la comunidad LGTB, sino con todo el mundo. Matan a gente a diario", denuncia. Cuando se le pregunta si tiene la esperanza de que las cosas cambien responde: "Es muy difícil".

"La vida hay que vivirla a cada instante. Yo la vivo al máximo. La soledad y los golpes te hacen madurar. Ya lloré todo lo que tenía que llorar. Ahora me toca esforzarme y demostrarle al mundo que valgo". Ella en Madrid se siente bien, pero no olvida que en Honduras la lucha continúa.