El 20 de junio es para Catiana una efeméride sombría. Fue el día en que, con solo 32 años y un bebé de 15 meses, le diagnosticaron un cáncer de mama en estadio 3, bastante avanzado, aunque sin metástasis. "Aún amamantaba a mi hijo, así que cuando me palpé el bulto por primera vez no le di importancia. Pensé que era algo relacionado con la lactancia", cuenta esta murciana que hoy tiene 43 años.

Pero el bulto no se iba, y entonces recordó que dos hermanas de su padre habían padecido cáncer de mama. Nada más comentarle esto a su médico, la mandaron directa a hacerse una mamografía. "Fui sola, algo que no recomiendo a nadie". En cuanto vio las caras de los profesionales supo que algo andaba mal. "Salí de allí llorando", recuerda. El diagnóstico definitivo llegó dos semanas después, con el resultado de la biopsia. "Me quedé en shock y tardé en reaccionar. Hasta que alguien en el trabajo pronunció la palabra cáncer no fui consciente de lo que me estaba pasando".

Mi proyecto de vida se vino abajo. Todo se paraliza para concentrarte en sobrevivir Y partir de ahí hubo "un antes y un después" en su vida. "Mi proyecto de vida se vino abajo. Llevaba un par de años casada y la enfermedad vino justo cuando había planificado volver a quedarme embarazada. Entonces tu vida se paraliza para concentrarte en sobrevivir. Piensa que te vas a morir, que qué va a pasar con tu hijo, y también en cómo vas a continuar con tu vida si sales de esta". Y como no, la típica pregunta: "Por qué a mí?".

Uno de sus peores recuerdos fue la soledad que sintió en el momento de recibir la noticia. "Sales ahí llorando desconsolada, a la sala de espera donde hay un montón de mujeres esperando a las que trasladas tu miedo", explica. En este sentido, como presidenta de la Asociación Murciana para la Ayuda a Mujeres con Cáncer de Mama, insiste en la necesidad de un espacio físico en los centros médicos donde poder asimilar el diagnóstico, así como en lo fundamental de la presencia de un psicooncólogo en ese momento.

"A nivel sanitario estamos bien cubiertas, pero hay mucho vacío en el acompañamiento y en el apoyo emocional". Para Catiana, el apoyo de toda su familia fue clave, pero subraya que no todas las mujeres tienen esa suerte.

Lo más duro, la recaída

Dado lo avanzado de su tumor, de 9 centímetros y con múltiples focos, tuvo que someterse a una mastectomía completa. "Cuando ya en casa me vi por primera vez sentí un impacto tremendo. ¿Cómo voy a salir a la calle así?, pensé. Además el tratamiento fue muy duro. "La caída del cabello fue muy traumática. Es lo que hace visible la enfermedad y me puse una peluca para pasar desapercibida".

"Pero la capacidad de adaptación es increíble", cuenta, aunque admite que contó con ayuda. "Recurrí a apoyo psicológico profesional y me apoyé en la asociación. Necesitaba hacer un duelo por lo perdido e integrar mi nueva imagen". "Lo hice bien", dice orgullosa, "y pasó a un segundo plano".

La idea de la muerte se hace mucho más presente Pero el 20 de junio siguiente, en una siniestra coincidencia, Catiana supo que había recaído. En la cicatriz le había empezado a crecer un bultito, y el resultado de la biopsia llegó el mismo día que estaba planificada la cirugía de reconstrucción. "Al final entré en quirófano para las dos cosas, quitar la zona afectada y reconstruir".

El impacto de aquella recaída fue "brutal, mucho más duro que el diagnóstico inicial".  "Tuve que volver a empezar de cero, pero esta vez con todo el lote completo. Quimioterapia, radio, vaciamiento de la axila... La idea de la muerte se hace mucho más presente", explica.

Pero no murió. Salió adelante y, hace cuatro años tuvo una hija, contra todo pronóstico. "No creíamos que fuese a ser posible despues de los tratamientos", afirma. Ya han pasado más de 10 años de su primer diagnóstico y, salvo por los controles que tiene que hacerse cada seis meses, lleva una vida completamente normal. Eso sí, admite que cuando se acercan las revisiones empieza a sentir ansiedad.

El año pasado, tras dos en lista de espera, se sometió a una reconstrucción completa con una técnica muy avanzaba porque la prótesis se le había encapsulado. "Fue entonces cuando cerré el círculo", cuenta. "Ahora me valoro más a mi misma. Sabes mejor dónde estás y lo que es importante, lo que merece la pena. El cáncer ya no es sinónimo de muerte. Se puede seguir adelante y ser feliz. Hay que vivir día a día".