Villa Savoye, Poissy. 1928–31. Patio
Patio de la Villa Savoye, una de las viviendas emblemáticas de Le Corbusier © 2013 Artists Rights Society (ARS), New York/ADAGP, Paris/FLC. Photo © Richard Pare

Durante los últimos años de su vida Charles Édouard Jeanneret-Gris, conocido como Le Corbusier (1887-1965), vivió casi ajeno al mundo circundante. Encerrado en su estudio de París y, más tarde, en el hermoso, funcional e íntimo cabanon en la Costa Azul, el arquitecto más influyente del siglo XX se dedicaba a releer los libros de su vida, Don Quijote, la Ilíada y Así habló Zarathustra. Que ninguna de las obras tuviese aparente relación con la arquitectura es un aserto que Le Corbusier estaría dispuesto a rebatir, porque siempre mantuvo que sus ideas sobre "espacio, luz y orden" —"las cosas que los hombres necesitan tanto como el pan o un lugar para dormir"— tienen su raíz en la literatura, la filosofía y la aventura humana.

La obra deslumbrante del hombre para quien la casa debe ser "el estuche de la vida" llega a Nueva York este mes en la exposición Le Corbusier: An Atlas of Modern Landscapes (Le Corbusier: un atlas de paisajes modernos) que inagura el día 15 el Museo de Arte Moderno (MoMA). La muestra, una de las grandes citas artísticas de 2013 y una de las más completas organizadas nunca sobre la figura del arquitecto que se consideraba artista pero sin ningún tipo de ínfula —porque la arquitectura, decía, debe ser una "síntesis de todas las artes" pero ha de conducir a una "revolución" en la forma de vida—, ya ha sido comprada por la Fundación La Caixa y está programada para 2014 en Barcelona y Madrid.

Un triunfo póstumo

La tremenda y completísima muestra —con 320 piezas entre planos, acuarelas, bosquejos y dibujos, fotografías, manuscritos y cuatro diseños de interiores especialmente reconstruidos para la ocasión— tiene el gesto póstumo de un triunfo. Es la primera vez que la obra de Le Corbusier recibe un tratamiento artístico en Nueva York, ciudad donde el arquitecto sufrió una de las mayores decepciones de su vida, cuando sus aportaciones para el diseño de la sede de las Naciones Unidas fueron modificadas sustancialmente o simplemente no aceptadas en la década de los años cincuenta. Veinte años antes, en 1932, había sufrido otro revés doloroso con otra sede institucional, el Palacio de los Soviets de Moscú.

Aprendió a tomar nota de las enseñanzas de  los paisajes en su pueblo natal de la montaña Le Corbusier: An Atlas of Modern Landscapes, montada a partir de material original cedido por la fundación que guarda el legado de la seis décadas de trabajo del artista, está estructurada como un viaje vital que comienza en las montañas suizas del Jura —el arquitecto nació, aprendió a dibujar y tomar nota de las enseñanzas que transmiten los paisajes en los alredores de su pueblo natal, La Chaux-de-Fonds— y concluye al borde del Mediterráneo, donde terminó de concretar su eterno retorno a la tierra y la forma de vida como elementos inseperables.

La "ciudad radiante"

El trayecto está salpicado por la frustración de un soñador que pocas veces logró ver cómo sus sueños pasaban del proyecto a la realidad —sólo se construyeron, por ejemplo, 26 viviendas unifamaliares a partir de sus planos—. Durante su carrera presentó planes para desarrollar toda una metrópoli  basada en sus ideas sobre la ciudad radiante, pensada para aumentar la eficacia urbana y mejorar la calidad de vida de sus habitantes y del medio ambiente. Sólo lo consiguió en parte en los años cincuenta en la entonces nueva capital del Punjab de la India, Chandigarh, la ciudad con mayor concentración de obras de Le Corbusier, pero trabajó y desarrolló planes para cambiar los usos y planteamientos urbanos de, entre otras localidades, Argel, Montevideo, Río de Janeiro y París.

Paralizaban sus proyectos porque no permitían la especulación Le Corbusier trabajaba por impulsos artísticos y visuales más que con las herramientas del racionalismo. Obtenía la intuición incial sobre lo que deseaba llevar a término paseando en avión sobre las ciudades y haciendo rápidos bocetos de los volúmenes que el paisaje le sugería. A partir de ahí desarrollaba los primeros planos de planeamiento, que los poderes públicos y las élites locales recibían con alborozo, pero que a los que pronto ponían reparos y terminaban por aparcar por su radicalismo y la imposibilidad de sacar partido especulativo a las humanistas ideas de Le Corbusier sobre grandes espacios públicos, sostenibilidad y necesaria preponderancia de los habitantes sobre las construcciones.

Cuatro recreaciones a tamaño real

La exposición del MoMA, que ocupa por entero la sexta planta del museo, recrea a tamaño real y con mobiliario el cabanon donde murió el arquitecto, con todos los elementos estaban diseñados por él; una estancia de su primera obra maestra, la Villa Jeanneret-Perret, más concida como Maison Blanche (1912), basada en los "juegos de sombras" que bosquejó en sus cuadernos durante un largo viaje de juventud por Grecia, Turquía y los Balcanes; otra de la Villa Church en el pueblo de Ville d’Avray (1927–29), una de las grandes viviendas pensadas como obras artísticas que elevó a la fama internacional a Le Corbusier, y una de las "unidades de habitación" que diseñó en Marsella para personas que habían quedado sin hogar a causa de la II Guerra Mundial.

Trabajé por lo que más necesitan los hombres hoy: el silencio y la paz Poco antes de morir en 1965, después de trabajar mucho ("parece un poco extravagante haber trabajado tanto, pero trabajar no es un castigo, trabajar es respirar", decía), Le Corbusier, a quien sus padres no pudieron convencer para que se dedicase a ser relojero, había escrito, quizá pensando en él mismo más que en el resto de los seres humanos: "Trabajé por lo que más necesitan los hombres hoy: el silencio y la paz".