El Guggenheim sin brillo

San Francisco. Gente de aquí y del mundo lucha contra la delincuencia y exclusión para salir del agujero. Los jóvenes resucitan San Francisco y los mayores lo añoran.
Dos jóvenes saludan a la cámara en la calle San Francisco, junto a la plaza Corazón de María. U. E.
Dos jóvenes saludan a la cámara en la calle San Francisco, junto a la plaza Corazón de María. U. E.
San Francisco es el otro Guggenheim, porque es de Bilbao y tiene firmas de todo el mundo, porque le ronda la ría, porque en sus calles hay perros enormes sin correa, porque está en el centro y porque es una rosa. Gris.

Es un barrio muy vivo. «No, muy vivido», corrige Begoña Unceta, titular de una farmacia en San Francisco. Aquí viven 6.580 vecinos, y en un paseo matutino, los jubilados toman blancos, los artistas tallan, las prostitutas ven la tele, los ertzainas comen pipas y los maleantes malean. La inseguridad preocupa a un señor de 70 años  que añora un tiempo en que se dejaba abierta la puerta de casa. También angustia a Elena, vecina, de 41 años, «ya harta de tanto mangui».

Pero Siaka Mansare, que vino de Guinea Conakry, tiene otras cosas en mente: «Lo peor es no tener papeles ni trabajo. Hay gente sin papeles que acaba haciendo cosas que no quiere, ¿sabes?». La sardina muerde su cola.

«Mira: yo convivo con todo el mundo; pero vivir, con los que yo quiero», señala el septuagenario. Ya convivir es difícil, en un barrio con tanta necesidad y delincuencia. Pero se aprende: Begoña, la farmacéutica, ha contratado a una consultora que detecte las necesidades de sus nuevos clientes, los inmigrantes.

Uno de cada cuatro extranjeros de Bilbao vive en este distrito. Begoña lleva con la farmacia desde 1981, y no piensa irse, y menos ahora, que «el problema está en vías de solución». Está en marcha un plan de rehabilitación de 413 millones de euros, entre el Gobierno vasco, Diputación y Ayuntamiento, para salvar San Francisco. Muchos jóvenes lo eligen como su primer hogar. Allí está Pablo Granadero, tallando madera en una galería de arte de la calle Lamana. «Tenemos que resucitar esto».

LOS VECINOS

Pablo Granadero. 22 años. Artista.

«Los jóvenes vamos recuperando esto, que estaba muy muerto. Los artistas se empiezan a moverse por aquí. La gente dice que la zona es mala, pero lo cercano a la ría está muy bien».

Siaka Mansare. 25 años. Parado

«Vivo en las Cortes con mi mujer e hijo y no tengo problemas de seguridad. El problema del barrio es la droga y cómo sobrevivir. No tengo papeles y así no puedo encontrar trabajo. Esto es muy duro».

Elena Martín. 41 años. Trabajadora

«Del barrio me gusta que es variopinto, pero hay problemas de delincuencia, en especial con los inmigrantes magrebíes. Pero, bueno, no es tan peligroso como dicen».

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