Un año de la inmolación de un joven en Túnez que prendió la mecha de la 'Primavera Árabe'

  • El tunecino Mohamed Bouazizi se inmoló para denunciar la humillación a la que le sometía el régimen. Murió el 4 de enero de 2011 en un hospital.
  • Las revueltas comenzaron llamándose 'la revolución de los jazmines' de Túnez y terminaron por convertirse en 'la Primavera Árabe'.
  • Solo Túnez, Egipto, Libia y Yemen lograron derrocar a sus regímenes, y a diferentes velocidades.
  • La 'Primavera árabe' acabó con regímenes y tiñó de verde el mapa electoral.
La madre de Mohamed Bouazizi, Manoubia, sostiene un cartel, junto con sus hijas Samia y Besma, de su hijo, cuya inmolación prendió la mecha de la 'Primavera Árabe'.
La madre de Mohamed Bouazizi, Manoubia, sostiene un cartel, junto con sus hijas Samia y Besma, de su hijo, cuya inmolación prendió la mecha de la 'Primavera Árabe'.
ARCHIVO / REUTERS

Este sábado se cumple un año desde que el joven tunecino Mohamed Bouazizi se roció de gasolina y se prendió fuego para denunciar la humillación a la que le sometía el régimen que se había incautado de su único medio de subsistencia, un puesto ambulante de frutas y verduras.

Ese acto de rabia e impotencia prendió como la pólvora en el pueblo natal de ese joven de 26 años, la ciudad obrera de Sidi Buzid, y se extendió por todo el país hasta llegar a Túnez capital.

El 14 de enero, el presidente Zine al Abidine ben Alí, sobrepasado por las circunstancias, abandonado a su suerte por el Ejército y en un acto sin precedentes en la historia del mundo árabe, huyó del país.

La humillación de Bouazizi era la de muchos tunecinos y la de muchos árabes que llevaban décadas viviendo oprimidos bajo regímenes dictatoriales que en nombre de la estabilidad, la seguridad y el desarrollo habían secuestrado la democracia y la libertad de los ciudadanos.

Pero a pesar de esas renuncias, la opresión tampoco les había traído mejores condiciones de vida, sino más hambre, más paro y más represión. Ante los ojos de la población, sus dirigentes solo gobernaban para ellos mismos, perpetuados en un círculo vicioso del que solo una pequeña camarilla de familiares, amigos y allegados se beneficiaba.

Extensión de las revueltas

Animados por la caída de Ben Alí, que en su último discurso, viéndose perdido, había lanzado un grito desesperado solicitado el perdón: "Fahemtkum" (os he entendido), dijo, las revueltas se extendieron como un aluvión.

Inmediatamente después, Egipto tomó el relevo y convocó una manifestación para el 25 de enero. Una protesta que incluso sus participantes no dudaban en que sería una de tantas como las que se habían convocado desde 2005.

Sin embargo, la llama que había prendido Bouazizi, que murió el 4 de enero en un hospital, al que el propio Ben Alí se acercó para visitarlo, había calado profundo en los ánimos.

Como luceros que anuncian una nueva alba, las convocatorias fueron irrumpiendo en los anquilosados regímenes que repetían y siguen repitiendo que sus países son excepcionales y ajenos a lo que comenzó llamándose 'la revolución de los jazmines' de Túnez y terminó por convertirse en 'la Primavera Árabe'.

Así, en Argelia, el 22 de enero; en Yemen, el 3 de febrero; en Siria, el 4; en Bahrein, el 14; en Libia el 15 y en Marruecos el 20 del mismo mes, las manifestaciones pacíficas fueron iniciándose.

El calendario árabe se fue llenando de días en rojo, de convocatorias a través de las redes sociales que se fueron renovando semana tras semana y especialmente viernes tras viernes, tras la oración del mediodía.

Las que triunfaron y las que no

Pero no todos los brotes "revolucionarios" lograron florecer con la misma fuerza. Solo cuatro han logrado medrar (Túnez, Egipto, Libia y Yemen) y, de momento, ninguno ha terminado de madurar.

Tampoco todos triunfaron con la misma facilidad con la que, por ejemplo, los egipcios tumbaron al régimen de Hosni Mubarak, en solo 18 días, desde el 25 de enero hasta la renuncia del "rais" el 11 de febrero.

En Libia la revuelta pacífica pronto se convirtió en una insurgencia armada que necesitó ocho meses y la ayuda de la OTAN para librarse de un régimen que llevaba enquistado en el poder desde hacía 42 años.

En otros países como Marruecos y Argelia, la introducción de algunas reformas y la promesa de más parece haber aplacado, al menos momentáneamente, los ánimos de los ciudadanos.

No obstante, como ocurrió en Libia la mayoría de los regímenes optaron por la represión. Bahrein, que el 15 de marzo declaró el estado de emergencia, acudió incluso del Ejército saudí para sofocar las protestas que se habían hecho con el control de la emblemática plaza de Lulu (la Perla), en Manama.

En Yemen, el presidente Alí Abdalá Saleh firmó finalmente el pasado 23 de noviembre una iniciativa que estipulaba su renuncia al poder.

En Siria, a pesar de las cada vez más duras represalias y de la apariencia de inquebrantable unidad del régimen, del que solo algunas unidades militares parecen haberse desligado, continúan a diario las manifestaciones que se cobran numerosas víctimas.

Este sábado se cumple el primer aniversario desde que Bouazizi prendió una llama que todavía sigue encendida hasta en los procesos de transición.

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