El 13 de abril es el Día Internacional del Beso, una fecha para recordar al mundo lo placentero y beneficioso que es el simple hecho de besarse.

El récord mundial del beso más largo de la historia lo ostenta una pareja tailandesa que, con motivo de un concurso, se besó durante más de 58 horas seguidas.

Pero existen besos todavía más largos, que no temen al tiempo físico ni meteorológico y que se pueden encontrar en parques, embarcaderos, estaciones de tren… e incluso cementerios.Para celebrar su Día Internacional, la agencia de viajes online Rumbo ha seleccionado seis de esos besos, que esperan pacientemente a que alguien los fotografíe y los convierta en eternos.

“The Lovers”, en la estación de ferrocarril de Saint Pancras (Londres)

Una pareja de bronce de 9 metros de alto, abrazándose y a punto de besarse, es lo primero que ven los pasajeros que llegan a Londres a bordo del Eurostar. El artista británico Paul Day esculpió este beso entre dos jóvenes para conmemorar el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy refleja también el latido de una estación de tren, más allá del tránsito de pasajeros, como lugar para el reencuentro.

“Unconditional Surrender”, en el embarcadero de San Diego (California)

Al igual que la escultura de Saint Pancras, este beso conmemora el fin de la Segunda Guerra Mundial, pero del otro lado del Atlántico. Un día de agosto de 1945, un marinero y una enfermera salieron a las calles de Nueva York para celebrar la victoria de las fuerzas aliadas.

No se conocían, pero se fundieron en un beso. El fotógrafo Alfred Eisenstaedt capturó el momento y la foto se convirtió en una de las más famosas de la historia: “V-J Day in Times Square”. Más de medio siglo después y a partir de aquel retrato, el artista J. Seward Johnson realizó este monumento de casi 8 metros de altura. Y a pesar de que al principio la escultura no gustó a los locales, con el tiempo se ha convertido en uno de los escenarios más populares de California para declaraciones de amor, propuestas de matrimonio o, simplemente, un "selfie" en el embarcadero.

“Man and Woman”, en Batumi (Georgia)

La ciudad de Batumi, en Georgia, se ha hecho mundialmente famosa gracias a esta escultura en movimiento de la artista Tamara Kvesitadze. Cada día, a las siete de la tarde, dos estatuas de 8 metros de altura empiezan a moverse, acercándose lentamente la una a la otra hasta que se funden en un beso.

Pero la historia no termina bien. Y es que justo después del beso, los amantes se separan para siempre… o, al menos, hasta que vuelvan a dar las siete de la tarde del día siguiente. La escultura está inspirada en la novela “Ali y Nino: una historia de amor” (Kurban Said, 1937).

Sus protagonistas, Nino, una princesa cristiana y Ali, un joven aristócrata musulmán, viven su propia versión de “Romeo y Julieta”, con la particularidad de que en su caso no son los apellidos sino el choque entre culturas lo que se interpone al amor.

“Romeo y Julieta”, en Central Park (Nueva York)

Frente al teatro Delacorte, en pleno Central Park, dos amantes de bronce llevan casi medio siglo abrazados, a punto de besarse. Son Romeo y Julieta.

En esta escultura, creada por Milton Hebald y donada a la ciudad por el editor George T. Delacorte, la pareja permanece ajena al paso de las estaciones, de los corredores habituales del parque e incluso de los espectadores que acuden al teatro. En cierto modo, el escultor consiguió hacer realidad un deseo romántico: congelar un beso en el tiempo. Y ya de paso, liberó a los amantes del trágico final al que les había condenado Shakespeare.

“El Beso”, en el Parque del Amor de Lima (Perú)

Sobre los acantilados del área de Miraflores, en Lima, se extiende el Parque del Amor. Y allí mismo, mirando al océano Pacífico y sin árboles ni muros alrededor, se eleva la colosal escultura de una pareja a la que poco importa la falta de intimidad.

El artista Víctor Delfín no sólo diseñó este monumento sino también el parque entero, en el que además incorporó poemas tallados en pequeños muros que imitan a los del Parc Güell de Barcelona. El parque se inauguró un 14 de febrero y, desde entonces, los peruanos tienen por costumbre visitar la estatua por San Valentín y besarse bajo su enorme pedestal.

“Petó de la Mort”, en el cementerio de Poblenou (Barcelona)

“Más su joven corazón no puede más; / en sus venas la sangre se detiene y se hiela / y el ánimo perdido con la fe se abraza / sintiéndose caer al beso de la muerte”. Son los versos de Jacint Verdaguer que aparecen grabados a modo de epitafio en una lápida del cementerio de Poblenou, en Barcelona, y sobre la que se alza un beso escultural: el “petó de la mort”, o beso de la muerte.

Se trata de una creación del artista Jaume Barba que data de 1930 y que, a pesar del contexto, no resulta tenebrosa sino todo lo contrario: revela una escena de amor. En ella, la muerte no lleva su habitual guadaña. Utiliza las dos manos para sostener el cuerpo desplomado de un joven al que acaba de “seducir”. Y mientras clava sus falanges en el cuerpo sin vida, se agacha sobre él con delicadeza para darle el que será, ahora sí, su último beso.